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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.123

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no podía estar más sereno. Como yo no hallase en mi razón términos para
explicarme la de estos truenos, el deseo de conocer la causa de un suceso
tan extraordinario me invitó a encaminarme hacia el lugar de donde su
ruido venía.
Casi anduve el espacio de cuatrocientos estadios, al fin de los
cuales vi en medio de una gran campiña algo así como dos olas que al cabo
de rodar una tras otra muy ruidosamente se acercaban y luego se
rechazaban. Y observé que cuando el choque se producía sonaban los enormes
truenos que yo oía; pero así que fui acercándome más vi que lo que me
parecían olas eran dos animales, uno de los cuales, aunque redondo por
bajo, formaba un triángulo por su mitad; tenía la cabeza muy levantada, y
su roja cabellera flotante se erguía como una pirámide; su cuerpo estaba
horadado corno una criba, y a través de estos agujerillos, que le servían
de poros, se veían surtir pequeñas llamas que parecían cubrirlo con un
plumaje de fuego.
Paseándome por el alrededor encontré a un anciano muy venerable que
contemplaba este famoso combate con tanta curiosidad como yo lo hacía. Me
indicó que me acercase, yo le obedecí y nos sentamos uno al lado del otro.
Yo tenía el propósito de preguntarle cómo había llegado hasta aquí;
pero él cerró mi boca con estas palabras: «¡Ea!, vais a saber el motivo
que me ha conducido hasta aquí». Y al punto me contó muy prolijamente las
particularidades de su viaje. Dejo a vosotros el imaginar lo muy suspenso
que yo quedaría. Para acrecer más mi sorpresa, cuando ya estaba yo
dispuesto a preguntarle qué demonio le revelaba mis pensamientos: «No, no
-me dijo-; no es un demonio el que me revela vuestros pensamientos». Este
nuevo rasgo de adivino me hizo observar al anciano con más atención que


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