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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.117

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días a abrazarle; cuando soñaba tan sólo lo hacía con él y bajo el
contorno de su verde follaje tenía todos sus pensamientos. Bien pronto se
advirtió que el plátano, exaltado por un ardor recíproco, estaba
emocionadísimo por sus caricias; y vino a dar prueba de ello el que de
repente, y sin que esto obedeciese a ninguna razón aparente, viose que sus
hojas temblaban y se estremecían como llenas de alegría y que sus ramas se
curvaban redondamente sobre la cabeza del príncipe, como para hacerle una
corona y acariciar su rostro; y todo esto, como era fácil de comprender,
lo hacía tan sólo por besarle, no por inclinación natural de tender sus
brazos hacia el suelo. Se advertía también cuán celosamente disponía sus
hojas, apretándolas una contra otra para que los rayos del Sol no se
tamizasen a través de ellas y besasen al príncipe como ellas le besaban.
El príncipe, por su parte, ya no guardó ningún respeto que impusiese
trabas a su amor: hizo que le llevasen su cama al pie del plátano, y éste,
no sabiendo cómo agradecer tanta prueba de amistad, le daba el don más
querido y más caro de los árboles; es decir, su miel y su rocío, que todas
las mañanas destilaba sobre él.
»Estas caricias hubiesen durado más tiempo si la muerte, enemiga de
todo placer, no las hubiese puesto término: Atajerjes murió de amor entre
los abrazos de su querido plátano, y todos los persas, afligidos por la
muerte de tan buen príncipe, quisieron, para darle todavía alguna
satisfacción después de la muerte, que su cuerpo fuese quemado con las
ramas de este árbol, sin que su madera se mezclase con ninguna otra para
encender el fuego que había de consumirle.
»Cuando ya estuvo la hoguera encendida viose cómo su llama se
retorcía abrazando las llamas que del cuerpo brotaban y cómo las melenas


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