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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.105

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descendemos de ellos, el don de la profecía ha llegado hasta nosotros
transmitiéndose de padre a hijos. Ahora bien; tú sabrás que una grande
águila de Dodona, a la. que nuestros padres daban albergue, como no podía
ir a buscarse el gobierno porque se le había roto una pata, se alimentaba
con las bellotas que las ramas de las encinas le suministraban; esto hizo
hasta que un día, cansada de vivir en un mundo en el que tanto sufría,
encaminó su vuelo hacia el Sol, y tan dichoso término dio a su viaje que
llegó por fin hasta el globo luminoso en que ahora estamos; pero al llegar
aquí el calor del clima la hizo provocar; con la cual echó fuera de sí
muchas bellotas que no había aún digerido; estas bellotas germinaron y
crecieron varias encinas de las que nosotros somos nietos.
»Así es como nosotros cambiamos de morada. Ahora bien; aunque vos nos
oigáis hablar una lengua humana no penséis por esto que los otros árboles
se producen lo mismo; solamente nosotros, las encinas nacidas en la
floresta de Dodona, hablamos como los hombres. Pues los otros vegetales se
expresan del modo que voy a deciros. ¿Nunca habéis observado ese céfiro
dulce y sutil que siempre alienta en el borde de este bosque? Pues ése es
el rumor de su palabra, y ese pequeño murmullo, ese delicado son con que
ellos rompen el sagrado silencio de su soledad es precisamente su idioma.
Y aunque el ruido de los bosques parezca siempre el mismo es sin embargo
distinto, y cada especie de árbol tiene uno propio, de modo que el abedul
no habla como el arce, ni el arce como el haya, ni ésta como el cerezo. Si
las necias gentes de vuestro mundo me oyesen hablar como lo estoy haciendo
creerían que el diablo se había albergado en mi corteza, pues como ni


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