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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.103

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personas a las que se oía hablar pude distinguir a una que con tales
razones lo hacía:
«Su Excelencia el médico, uno de mis aliados, el Olmo de tres
cabezas, acaba de enviarme a un Pinzón por el cual me hace saber que está
aquejado de una fiebre hética y por un gran sarampión de musgo que desde
la cabeza hasta los pies le cubre. Yo os suplico, en nombre de la amistad
con que me honráis, que le recetéis cualquier cosa».
Estuve algún tiempo después sin oír nada, pero al cabo de un rato me
pareció escuchar estas razones:
«Aunque el Olmo de las tres cabezas no fuese amigo vuestro, y aunque
no me lo pidieseis vos, que lo sois mío, y vuestro ruego me lo hiciese el
más extraño de nuestra especie, mi profesión me obligaría a socorrerle
porque mi deber es hacerlo así con todo el mundo. Diréis, por tanto, al
Olmo de tres cabezas que para curarse su mal necesita sorber la mayor
cantidad de alimento húmedo que pueda y la menor de seco; que al efecto
debe conducir las menudas ramitas de sus raíces hacia el más blando lugar
de su lecho, no pensar más que en cosas alegres y hacer que todos los días
le halaguen con su música algunos ruiseñores excelentes. Luego, que os
haga saber cómo le ha ido con ese régimen de vida, y después, según el
progreso de su salud, cuando convenientemente nosotros hayamos dispuesto
sus humores, alguna cigüeña amiga nuestra le dará de mi parte un clister
que le dejará francamente en la convalecencia».
Cuando dijeron estas razones yo no oí el menor ruido; hasta que un
cuarto de hora después una voz en la que todavía, según creo, no había
reparado, llegó hasta mi oído, y he aquí lo que decía: «Hola, horquillita,
¿dormís?» Luego oí otra voz que así contestaba: «No, fresca corteza.


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