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Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) - pág.102

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«Hombre: entre nosotros jamás es perdido hacer buenas acciones; por esto,
si por ser hombre merecías morir, aunque sólo sea para expiar el delito de
haber nacido, ahora el Senado te otorga la vida. Bien puedes agradecer así
las luces con que la Naturaleza iluminó tu espíritu haciéndote presentir
en nosotros la razón que tú no eras capaz de conocer. Anda, pues, en paz;
ve con Dios y vive dichoso».
Luego, en voz muy baja dio algunas órdenes, y el avestruz blanco,
guiado por dos tortolillas, me sacó de la asamblea.
Después de ir sobre él a galope casi media jornada me dejó próximo a
una selva, por la que cuando él se partió yo me fui adentrando. En ella
comencé a gustar los placeres de la libertad y el de comer la miel que las
cortezas de los árboles destilaban. Creo que nunca hubiese puesto fin a mi
paseo, pues la agradable amenidad de este lugar siempre daba ocasión a mis
ojos para descubrir algo más bello, si mi cuerpo hubiese podido resistir
al trabajo de buscarlo. Pero como realmente yo me encontraba muy rendido
por el cansancio, me tendí sobre la hierba.
Y estando así tendido a la sombra de los árboles, sintiéndome
invitado al sueño por la dulce frescura y el silencio de la soledad, un
rumor incierto de voces confusas, que me parecía oír a mi alrededor, me
despertó sobresaltadamente.
El terreno era muy llano y no estaba erizado por ninguna maleza que
interrumpiese el libre viaje de la mirada; por esto la mía se alejaba
mucho, yendo más allá de los árboles y de la selva. Yo no veía a nadie, y
sin embargo el rumor de las voces que hasta mi oído llegaba no podía salir
sino de algún sitio cercano de mí; de suerte que, fijando todavía más mi
atención, oí muy claramente algunas palabras griegas, y entre las muchas


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