El médico a palos (Moliere) - pág.4
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Gin.
¿De veras?
Mart.
Sí señor.
Luc.
¿Y en donde le podemos encontrar?
Mart.
Cortando leña en ese monte.
Gin.
Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
Mart.
No señor. Es un hombre extravagante y lunático: va vestido como un pobre patán: hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dio.
Gin.
Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura, mezclada con su ciencia.
Mart.
La manía de este hombre es la mas particular que se ha visto. No confesará su capacidad, a menos que no te muelan el cuerpo a palos: y así les aviso a ustedes, que si no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
Gin.
¡Que extraña locura!
Luc.
¿Habráse visto hombre mas original?
Gin.
¿Y como se llama?
Mart.
Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. El es un hombre de corta estatura, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
Luc.
No se me despintará, no.
Gin.
¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
Mart.
¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer : ya iban a enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinóla difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de, yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre, cantando el frondoso.
Gin.
¿Es posible?
Mart.
Como que yo lo vi.
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