El enfermo imaginario (Moliere) - pág.49
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ARGAN. -No corre prisa.
ANTONIA. -Adiós, siento teneros que dejar tan pronto, pero debo asistir a una consulta interesantísima que tenemos ahora sobre un hombre que murió ayer.
ARGAN. -¿Sobre un hombre que murió ayer?
ANTONIA. -Sí. Vamos a estudiar qué es lo que se debía haber hecho para curarlo. Hasta la vista. (Sale.)
BERALDO. -Parece muy inteligente este médico.
ARGAN. -Demasiado radical.
BERALDO. -Todos los grandes médicos son así.
ARGAN. - ¡Eso de cortarme un brazo y de saltarme un ojo para que el otro vea mejor!... Prefiero que sigan como están. ¡Bonito remedio, dejarme manco y tuerto!
ESCENA XI
ANTONIA, ARGAN y BERALDO
ANTONIA (Dentro.) - ¡Vaya, vaya, que no estoy para bromas! ¡Para serviros! .. .(Entra.)
ARGAN. -¿Qué era eso?
ANTONIA. -Vuestro médico, señor, que quería a todo trance tomarme el pulso...
ARGAN. -¡Pero es posible, a los noventa años!
BERALDO. -Y ahora, querido hermano, puesto que el señor Purgon ha tarifado contigo, ¿quieres que hablemos de la colocación de tu hija?
ARGAN. -No. Estoy decidido a meterla en un convento por haberse opuesto a mi voluntad. Veo claramente que hay unos amoríos de por medio, y ella no lo sabe, pero he tenido conocimiento de cierta entrevista secreta...
BERALDO. -¿Y qué? ¿Qué importa que exista una inclinación si no ha de conducir a otro fin que al del matrimonio?
ARGAN. -He resuelto que sea religiosa.
BERALDO. -¿Deseas complacer a alguien?
ARGAN. -Ya sé por dónde vas. Como le tienes ojeriza, crees que es mi mujer...
BERALDO. -Sí. Y puesto que es mejor hablar a cara descubierta, te confieso que es a tu mujer a quien aludo. Tan intolerable como tu obstinación en las enfermedades es la obcecación que padeces por ella, hasta el extremo de no ver los lazos que te tiende.
ANTONIA.
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