El enfermo imaginario (Moliere) - pág.38
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BERALDO. -No es eso. No hablemos más de ella; ella es una mujer bonísima, animada de las mejores intenciones para los tuyos, llena de desinterés, que te ama tiernamente y que ha demostrado un afecto inconcebible hacia tus hijos; todo eso es exacto. No hablemos más de ella, y volvamos a tratar de tu hija. ¿Cuál es tu intención al desear casarla con el hijo de un médico?
ARGAN. -Tener el yerno que necesito.
BERALDO. -Por eso a ella no le conviene, sobre todo presentándosele un partido mucho más ventajoso.
ARGAN. -Para mí el más ventajoso es éste.
BERALDO. -Pero el marido ¿es para ella o para ti?
ARGAN. -Para los dos; quiero tener en la familia las personas que me son necesarias.
BERALDO. -Según eso, si Luisa fuera mayor la casarías con un farmacéutico.
ARGAN. -¿Y por qué no?
BERALDO. -Pero ¿es posible que te emperres en vivir zarandeado por médicos y boticarios y que quieras estar enfermo en contra de la opinión de todos y de tu misma naturaleza?
ARGAN. -¿Qué me quieres decir con eso?
BERALDO. -Quiero decirte que no conozco hombre más sano que tú y que no quisiera más que tener una constitución como la tuya. La prueba más palpable de lo bueno que estás y de que tienes un organismo perfectamente sano es que, a pesar de todo lo que has hecho, no has conseguido quebrantar lo saludable de tu naturaleza ni has reventado con tanta medicina.
ARGAN. -¡Gracias a ellas vivo, querido hermano! Y mil veces me ha repetido el señor Purgon que soy hombre muerto con que deje de atenderme nada más de tres días.
BERALDO. -Pues si no pones coto, tanto te atenderá que te enviará al otro mundo.
ARGAN. -Seamos razonables, hermano mío... ¿Tú no crees en la medicina?
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