El enfermo imaginario (Moliere) - pág.37
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.. Es necesario que hablemos unos momentos mano a mano.
ARGAN. -Aguarda, que ahora vuelvo.
ANTONIA. -Tomad... Ya se os olvidaba que no podéis andar sin apoyaros en el bastón.
ARGAN. -Es verdad.
ESCENA II
BERALDO y ANTONIA
ANTONIA. -Por Dios, no abandonéis a vuestra sobrina.
BERALDO. -Haré cuanto pueda por el logro de sus deseos.
ANTONIA. -Es preciso impedir ese proyecto extravagante que se le ha metido en la cabeza a vuestro hermano. Yo había pensado que metiendo por medio otro médico que desacreditara al señor Purgon adelantaríamos mucho; pero como no tenemos de quién echar mano, he inventado una trama que yo misma voy a representar.
BERALDO. -¿Tú?
ANTONIA. -Una farsa que acaso dé buen resultado. Vos trabajad por vuestra parte y yo por la mía. Ya vuelve.
ESCENA III
ARGAN y BERALDO
BERALDO. -Ante todo, te ruego que me oigas con calma y sin que se te vaya el santo al cielo.
ARGAN. -Conforme.
BERALDO. -Que respondas acorde y sin exaltación a mis palabras.
ARGAN. -Sí.
BERALDO. -Y que discurras sobre el asunto que vamos a tratar sin apasionamiento.
ARGAN. -Sí; pero basta ya de preámbulo.
BERALDO. -¿Cómo es que teniendo una buena fortuna y una sola hija -porque la otra es aún muy pequeña- quieres encerrarla en un convento?
ARGAN. -Porque, siendo yo el cabeza de familia, puedo hacer con ella lo que me dé la gana.
BERALDO. -Y ¿no obedecerá más bien a deseos de tu mujer? ¿No es ella la que te aconseja que te separes de tus hijas? Claro está que ella lo hace con la mejor intención y con el deseo de que sean dos excelentes religiosas.
ARGAN. -¡Ya apareció aquello! Ya salió a relucir esa pobre mujer, a la que no puede ver nadie y a la que se culpa de todo.
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