El enfermo imaginario (Moliere) - pág.12
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Una a cada lado, otra en la espalda y otra para que reclines la cabeza.
ANTONIA. -(Dándole un almohadazo en la cabeza y escapando.) -Y ésta, para resguardaros del relente.
ARGAN. -(Levantándose iracundo y tirándole todas las almohadas a Antonia.) -¡Quieres asfixiarme, bribona!
BELISA. -¿Qué es eso? ¿Qué ocurre ahora?
ARGAN (Muy abatido, dejándose caer en el sillón.) -¡Ay, ay! ... ¡No puedo más!
BELISA. -¿ Por qué te exaltas de ese modo? Seguramente no ha tenido intención de molestarte.
ARGAN. -Tú no conoces, amor mío, las truhanerías de esa malvada. . . Ha logrado sacarme de quicio, y tendré que tomar lo menos ocho medicamentos y doce lavativas para reponerme.
BELISA. -Vamos, vamos, chiquito; sosiégate un poco.
ARGAN. -Tú eres mi único consuelo, vida mía.
BELISA. -¡Pobre hijito mío!
ARGAN. -Para recompensar tanta amorosa solicitud, ya te he dicho, corazón mío, que deseo hacer testamentó.
BELISA. -¡Ay, querido mío; te ruego que no haeblemos de eso! De tal modo me horroriza esa idea, que la sola palabra testamento me hace estremecer de angustia.
ARGAN. -Te dije que avisaras a tu notario.
BELISA. -Vino conmigo, y ahí aguarda.
ARGAN. -Hazle entrar, amor mío.
BELISA. -¡Ay! Cuando se ama de verdad a un marido, no se puede pensar en estas cosas.
ESCENA VII
EL NOTARIO, BELISA y ARGAN
ARGAN. -Adelante, señor Bonafé. Acercaos y tomad asiento, si os place... Informado por mi mujer de vuestra honorabilidad y de la buena amistad que le profesáis, le encargué que os hablara de cierto testamento que quiero hacer.
BELISA. -¡Yo no soy capaz de hablar de eso!
EL NOTARIO. -La señora ya me ha puesto al corriente de vuestras intenciones y de los propósitos que os animan respecto a ella; pero mi deber es advertiros de que no podéis dejarle nada en testamento.
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