Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.151
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Nada dice del angustioso mensaje que escribió en el papel que hallé manchado de sangre y en el que refería o trataba de referir, una historia muy diferente. Aquello de su digna rendición es una faz del asunto enteramente nueva, debo insistir en ello, que se le ocurrió cuando empezó a sentirse seguro entre la gente lunar, y en cuanto a lo de que yo quería «ganarle la delantera,» estoy completamente dispuesto a dejar que el lector decida quién de los dos tiene razón, sirviéndose para ello de mi precedente relato. Sé que no soy un hombre modelo... nunca he pretendido hacer creer que lo soy; pero, porque no soy modelo ¿he de ser lo otro?
Como quiera que sea, aquí terminan mis reparos. En adelante puedo ser editor de Cavor con ánimo sereno, porque ya no vuelve a mencionarme.
Parece que los selenitas que se apoderaron de él, lo llevaron a algún punto del interior por «un gran pozo,» y en algo que describe como «una especie de globo.» Nosotros hemos comprendido, al leer la parte más bien confusa en que habla del asunto, y por varias alusiones casuales y palabras sueltas, esparcidas en otros mensajes posteriores, que ese «gran pozo» pertenece a un enorme sistema de pozos artificiales que van, de cada uno de los llamados «cráteres» lunares, hacia la parte central, penetrando basta una profundidad de cerca de cien millas. Esos pozos se comunican entre ellos por unos túneles transversales, atraviesan profundas cavernas y se ensanchan en grandes recintos globulares; toda la substancia lunar, hasta cien millas adentro es, positivamente, una simple esponja de rocas. «En parte dice Cavor,- esta esponjosidad es natural; pero en mucho es obra de la actividad industrial de los selenitas en tiempos pasados. Los enormes montes circulares formados con las rocas y tierra, procedentes de esas excavaciones, son lo que constituyen en torno de los túneles los «volcanes,» como los llaman los astrónomos terrestres, engañados por una falsa analogía.
Por ese pozo lo llevaron, en aquella «especie de globo,» primero a una lobreguez completa y después a una región de fosforescencia continuamente creciente. Los despachos de Cavor denuncian en él una indiferencia por los detalles, sorprendente en un hombre de ciencia; pero nosotros suponemos que esa luz era debida a los torrentes y cascadas de agua
– «que sin duda contenían algún organismo fosfo
rescente»- y que corrían, cada vez con mayor abundancia, hacia abajo, al Mar Central.
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