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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.101

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Ya ve las probabilidades que tiene usted en su contra. Pues bien: por causa de esas probabilidades estamos aquí sentados, sin hacer na­da mientras vuela un tiempo precioso. Le digo a us-ted que hemos caído en una trampa. Hemos venido sin armas, hemos perdido nuestra esfera, no tene­mos alimentos, nos hemos mostrado a los selenitas y los hemos hecho ver que somos unos animales ex­traños, fuertes, peligrosos, y a no ser que esos sele­nitas sean unos perfectos locos, deben estar ya todos en movimiento y nos perseguirán hasta encontrar­nos, y cuando nos encuentren tratarán de apoderarse de nosotros si lo pueden, y de matarnos si no lo pueden, y allí acabará todo el asunto. Después de tomarnos, nos matarán probablemente, por causa de alguna desinte-ligencia. Después que nos hayan muerto puede ser que discutan acerca de nuestros méritos, pero eso no nos divertirá mucho a noso­tros.
-Siga usted.
- Por otro lado, aquí tropieza uno con el oro co­mo con el hierro en la tierra. Si pudiéramos lle­varnos un poco de este oro y encontrar nuestra es­fera antes de que ellos nos alcanzaran, y marcharnos; entonces...
-¿Qué?
-Entonces, podríamos emprender las operacio-nes en un pie más sólido: regresaríamos en una esfe­ra más grande, con cañones.
- ¡Buen Dios! - exclamó Cavor, como si aquello
le pareciera horrible. Yo lancé otro hongo luminoso, por el agujero.
- Oiga usted, Cavor - dije:- yo tengo de todas maneras el derecho de la mitad del voto en este
asunto, y el caso en que estamos es para un hombre práctico; yo soy un hombre práctico y usted no. Yo no voy a confiarme otra vez a los selenitas y a los diagramas geométricos, si puedo evitarlo... Y con esto lo he dicho todo. Volvamos a la tierra, revele­mos todo este secreto... o la mayor parte de él. Y después, volvamos aquí.
Cavor reflexionó.
-
Cuando vine a la luna - dijo,- debí haber ve­nido solo.

-
La cuestión previa ahora - le repliqué,- es ésta: ¿cómo volve-remos a la esfera?

Durante un rato nos frotamos las rodillas en si­lencio. Después, Cavor pareció decidido a aceptar mis razones.

-
Me parece – dijo,- que ante todo debemos in­formarnos. Claro está que, mientras el sol dé en este lado de la luna, el aire soplará a través de este pla­neta esponja, del lado obscuro hacia acá.


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