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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.51

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IX EMPEZAMOS A ESCUDRIÑAR
Por el momento, cesamos de mirar, y nos volvi­mos el uno hacia el otro, con el mismo pensamiento, la misma pregunta en los ojos: para que esas plantas crecieran, allí debía haber aire, por muy atenuado que fuera, aire que nosotros también podríamos res­pirar.
-
¿Abrimos la entrada? - pregunté.

-
Sí - contestó Cavor;- así veremos si hay aire.


-
Dentro de un momento - dije,- esas plantas se­rán tan altas como nosotros. Supongamos... su­pongamos, al fin y al cabo... ¿Es positiva nuestra teo­ría? ¿Cómo sabremos que eso es aire? Puede ser ni­trógeno, hasta puede ser ácido carbónico.

-
La prueba es fácil - me contestó Cavor, y se dispuso a hacerla.


Sacó del fardo un largo trozo de papel, lo arru­gó, lo encendió, y lo arrojó precipitadamente por la válvula de la tapa de la entrada. Me incliné hacia adelante y seguí con la vista, a través del espeso vi­drio, a la pequeña llama cuya vida iba a probar tantas cosas.
Vi que el papel caía y se posaba ligeramente so­bre la nieve. La roja llama que lo quemaba se des­vaneció. Durante un momento pareció haberse ex­tinguido completamente el fuego... pero a poco vi una delgada lengua azul en la orilla del papel, que tembló, chisporroteó y se extendió.
Poco a poco todo el papel, salvo la parte que se hallaba en contacto inmediato con la nieve, ardió, retorciéndose y enviando hacia arriba una tem­blorosa y delgada columna de humo. Ya no cabía duda: la atmósfera de la luna era, ú oxígeno puro, o aire, y podía, por lo tanto, a menos que fuera dema­siado tenue, sostener nuestras intrusas vidas. Podía­mos salir de la esfera... ¡y vivir!
Me senté con las piernas puestas a uno y otro la-do de la entrada, y me preparaba ya a destornillar la tapa, cuando Cavor me contuvo.
-Hay que tomar primero una pequeña precau­ción - me dijo.
Me explicó en seguida que, aunque afuera hubie­se evidentemente una atmósfera oxigenada, podía ésta hallarse lo bastante enrarecida para causarnos graves perturbaciones: me recordó los mareos de montañas y las hemorragias que a menudo afligen a los aeronautas que ascienden con demasiada ve­locidad, y tardó un rato en la preparación de una nauseabunda bebida que insistió en hacerme com­partir con él. Cuando la absorbí sentíme un poco aturdido, pero no me causó otro efecto.


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