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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.50

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Me volví a un lado y ¡hola! En el borde superior de una roca situada al Este, aparecía un ribete igual: las plantitas habían crecido apenas un poco menos, estaban ladeadas, inclinadas, y su color obscuro re­saltaba más sobre el enceguecedor fondo del fulgor solar. Y más allá de ese reborde se alzaba el perfil de una planta alta, que extendía unas groseras ramas pa­recidas a las de un cactus, y se hinchaba visiblemen­te, se hinchaba como una vejiga que alguien llenara de aire.
En seguida, por el Este descubrí también otra forma semejante a aquella, que se alzaba de la hierba.
Pero allí la luz caía sobre sus lisos costados, y me permitía ver que su color tenía un vivo tinte anaran­jado. Crecía a vista de ojos; y si apartábamos éstos durante un minuto y la mirábamos de nuevo, su per­fil había cambiado: sus ramas eran entonces obtusas, pesadas, hasta que, poco rato después, aparecía toda entera como un coral de varios pies de alto. Compa­rado con semejante crecimiento el del terrestre lico­perdón, que a veces gana en diámetro un pie en una sola noche, sería un miserable paso de tortuga, pero hay que tener en cuenta que el licoperdón, al crecer, lucha contra la fuerza de atracción de la tierra, que es seis veces mayor que la de la luna. Más lejos, de zan­jas y mesetas que habían estado ocultas a nuestros ojos, pero no al presuroso sol, por sobre cuchillos y promontorios de brillante roca, un tupido brote de esbelta pero carnosa vegetación se estiraba de un modo visible apresurándose tumultuosamente a aprovechar del breve día en que debía florecer, dar fruto, semillar otra vez y morir. Aquel crecimiento era como un milagro: así - bien puede imaginarse,- se levantaron los árboles y las plantas en la creación, y cubrieron la desolación de la tierra recién creada!
¡Imagináoslo! ¡Imaginaos ese amanecer! La resu­rrección del aire, helado, el despertar y la prisa del suelo, y luego aquel silencioso surgimiento de la ve­getación, aquella extraterrestre ascensión de espigas y hojas. Concebid todo aquello alumbrado por un fulgor que haría parecer acuosa y débil la más inten­sa luz del sol en la tierra. Y sin embargo, entre aque­lla naciente selva, en cualquier punto que se hallara aún en la sombra, se veía un banco de azulada nieve. Para darse, por último, una idea exacta de nuestra impresión completa, el lector debe recordar que to-do lo veíamos a través de un espeso vidrio, curvo, que deformaba las cosas como las deforma un lente, precisas sólo en el centro del cuadro, y allí muy cla­ras, pero hacia los bordes agrandadas y despojadas de realidad.


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