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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.49

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Ambos mirábamos intensamente. Re­cuerdo de que yo frotaba con la manga el vidrio de­lante de mí, temeroso del menor resto de humedad.
El cuadro era claro y vívido sólo en el centro del terreno: en todo lo demás, la curvatura del vidrio agrandaba y daba torcidas formas a las fibras muer­tas y a las semillas. ¡Pero lo que alcanzábamos a ver era bastante! Uno después de otro, en toda la parte en que daba el sol, aquellos milagrosos cuerpecitos morenos reventaron y se quedaron abiertos, como vainas de semillas, como frutas agrietadas: abrían an­siosas bocas que bebían el calor y la luz arrojados a torrentes por el naciente sol.
A cada momento se abrían nuevas cajas de se­millas, y apenas lo hacían su hinchado contenido se desbordaba por la abertura y pasaba al segundo pe­ríodo del crecimiento. Con seguridad plena, con rá­pido avance, las asombrosas semillas apuntaban una raicilla hacia la tierra, y un raro capullo, de forma re­donda, al aire libre. En poco rato, toda la pendiente estuvo llena de minúsculas plantas que se erguían ufanas con el ardor del sol.
No permanecieron erguidas mucho tiempo. Los capullos redondos se hincharon, se estiraron y se abrieron con un estremecimiento, y entonces quedó en descubierto una coronilla de puntitas agudas, y bajo de esta corona se desparramó una frondosidad de hojitas delgadas, puntiagudas, de color obscuro, que se alargaron rápidamente, se alargaron visible-mente, allí, ante nuestros ojos. El movimiento era más lento que el de cualquier animal, más rápido que el de cualquier planta que yo hubiera visto antes. ¿Cómo podría explicar a ustedes cómo se efectuaba el crecimiento? Las puntas de las hojas crecían tan pronto, que las veíamos avanzar. La morena cubierta de la semilla se encogía y era absorbida con igual ra­pidez.
¿Alguna vez, en un día frío, ha tomado usted en su mano caliente un termómetro, y observado la as­censión del pequeño hilo de mercurio por el tubo? Así crecían esas plantas de la luna.
En pocos minutos, tal como los veíamos, los ca­pullos de las más avanzadas de aquellas plantas se habían alargado y convertido en un tallo, y de éste salía ya una segunda serie de hojas; toda la inclinada, planicie que hasta poco antes parecía una muerta faja de tierra pedregosa, estaba ya cubierta de esa cre­ciente hierba, de color aceitunado, formada por infi­nito número de espigas estremecidas por el vigor de su naciente vida.


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