Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.48
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El sol inundaba las dos terceras partes superiores de nuestra esfera y elevaba nuestra temperatura a un verano riguroso; pero nuestros pies estaban aún en la sombra y la esfera yacía en un lecho de nieve.
Y esparcidos aquí y allá por la falda de la montaña, y acentuados por blancos y delgados hilos de nieve todavía dura, adherida a sus lados aún sumidos en la sombra, veíanse unos como palos, palos secos y torcidos, del mismo color mohoso que las rocas sobre las cuales yacían. ¡Palos! ¿En un mundo sin vida? Luego, cuando mi vista fue acostumbrándose más a la forma exterior de aquella substancia, observé que casi toda esa superficie tenía un tejido fibroso, como la capa de agujas de color obscuro que se encuentra bajo la sombra de los pinos.
- ¡Cavor! – dije
-¿Qué?
-Este puede ser ahora un mundo muerto... peroantes...
Una cosa atrajo mi atención. Entre aquellas agujas había descubierto una cantidad de objetos pequeños y redondos y me pareció que uno de ellos se movía.
-Cavor – dije, en voz baja.
-¿Qué?Pero no contesté en seguida.
Fijé en la cosa una mirada incrédula. Por un ins-
tante no pude dar crédito a mis ojos. Después, lancé un grito inarticulado y tomé del brazo a Cavor, señalando con el dedo:
- ¡Mire usted! - exclamé por fin, recuperando el uso de la palabra.- ¡Allí! ¡Sí! ¡Y allá!
Sus ojos seguían la dirección indicada por mi dedo.
- ¿Eh?- decía.
¿Cómo describir lo que vi? Es una cosa tan insignificante el decirla ahora, pero entonces parecía tan maravillosa, tan conmovedora! He dicho ya que entre esa especie de palos estaban aquellos cuerpos redondos, aquellos cuerpecitos ovalados que podían haber pasado por menudos guijarros. Y de repente, primero uno, y luego otro, se habían movido, habían rodado y se habían rajado, y por entre la rajadura cada, uno de ellos mostraba una diminuta línea de color verde amarillento, que avanzaba hacia afuera a encontrar el cálido aliento del nuevo sol. Pasó un rato, y luego un tercer objeto redondo se movió y reventó.
- Es una semilla - dijo Cavor; y en seguida le oí murmurar, muy quedo: ¡Vida!
¡Vida! E inmediatamente nos invadió la idea de que nuestro largo viaje no había sido hecho en vano, que no habíamos ido a encontrarnos con un árido montón de minerales, sino con un mundo que vivía y se movía.
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