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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.47

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El reverso de mi mano derecha había sufrido más que el resto de mi cuerpo: la piel habla sido arrancada, una parte de la mano estaba en carne viva. En la frente me toqué varias lastimaduras que sangraban.
Cavor me puso en la mano un frasquito que con­tenía un poco del cordial - de su nombre no me acuerdo,- que formaba parte de nuestras provisiones. Después de un rato me sentí algo mejor. Empecé a estirar las piernas y los brazos, cuidadosamente. Pronto pude hablar.
- No hubiera sido bueno desembarcar - dije. Como si no hubiese mediado intervalo alguno en nuestra conversación.
-¡No, no hubiera sido bueno!
Cavor meditaba, con las manos colgando sobre ­sus rodillas. Echó una ojeada a través del vidrio y luego me miró.
- ¡Buen Dios!- dijo. - ¡No!
- ¿Qué ha sucedido?- pregunté, al cabo de un momento - ¿Hemos saltado a los trópicos?
-Ha sucedido lo que yo esperaba. El aire, se haevaporado... si es aire... Sea lo que fuere, se ha eva­porado, y la superficie de la luna aparece ahora. Ya­cemos en un banco de rocas de calidad terrestre. A trechos, se ve el suelo desnudo, una curiosa especie de suelo.
Cavor pensó que era innecesario, entrar en ex­plicaciones. Me ayudó a sentarme, y entonces pude ver con mis propios ojos.

VIII UNA MAÑANA LUNAR
La cruda acentuación, el implacable blanco y
negro del escenario, ha­bían desaparecido completamente. El resplandor del sol había, adquirido un ligero tinte ambarino; las sombras de las alturas de la pared del cráter tenían un subido color purpúreo. Por el Este, una obscura masa de niebla se aferraba todavía a las rocas y se ocultaba del sol, pero hacia el Oeste el cielo estaba azul y claro. Yo empecé a darme cuenta de la duración de mi desmayo.
No estábamos ya en el vacío: habíase formado una atmósfera en torno nuestro. Los contornos de las cosas habían adquirido mayor firmeza, eran más agudos y variados: salvo unas manchas de substancia blanca que aparecían aquí y allá, substancia que no era ya aire sino nieve, el aspecto ártico del paisaje había desaparecido totalmente.
Por todas partes, anchos espacios de un terreno desnudo, quebrado, y de un color moreno, se exten­dían bajo el fulgor del sol. De trecho en trecho, al píe de los montículos de nieve, se veían lagu­nas y pequeñas corrientes de agua, única cosa que se movía en aquel vasto desierto.


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