Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.46
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Mis ojos vieron los borbotones que bailaban sobre el vidrio. Mis oídos percibieron unas débiles exclamaciones de Cavor.
Después, otro enorme alud nos arrastró y, con ruido sordo, nuestra esfera empezó a rodar por una pendiente, a rodar cada vez más rápidamente saltando grietas y rebotando en cumbres, más y más velozmente, hacia el Oeste, al ardiente, hirviente tumulto del día lunar.
Aferrados, el uno al otro, rodábamos nosotros adentro, dando contra este o el otro lado, con el far-do de nuestros equipajes saltando hacia nosotros, y golpeándonos. Nos soltábamos, nos volvíamos a agarrar, rodábamos otra vez aparte el uno del otro, nuestras cabezas chocaban, ¡y el universo entero estallaba en ardientes dardos y estrellas! En la tierra, nos habríamos aplastado el uno al otro una docena de veces; pero en la luna, felizmente para nosotros, nuestro peso era solo la sexta parte de lo que es en la tierra, y cuando caíamos nos causábamos poco daño. Recuerdo una sensación de horrible malestar, algo como si los sesos se me voltearan dentro del cráneo, y después...
Sentí algo extraño en la cara, unas cosas delgadas me apretaban por detrás de las orejas. Luego descubrí que el brillo del paisaje que nos rodeaba estaba mitigado por unos anteojos azules. Cavor se inclinaba hacia mí, y vi su rostro cerca del mío, con los ojos también protegidos por anteojos ahumados. Su respiración era agitada, y su labio sangraba por efecto de un golpe.
- ¡Mejor!- me dijo, enjugándose la sangre con el dorso de la mano.
Durante un rato me pareció que todo se ladeaba; pero era sólo el efecto de mi aturdimiento. Noté que Cavor había cerrado alguna de las celosías de la cubierta exterior de la esfera para preservarme del fulgor directo del sol. Me di cuenta de que todo en torno nuestro estaba en extremo brillante.
- ¡Dios!- balbuceé. - ¿Qué veo?...
Alargué el cuello para ver: un resplandor enceguecedor brillaba afuera, completa transición de la lóbrega obscuridad de mis
últimas impresiones.
-¿He estado sin sentido mucho tiempo? -le pregunté.
- No sé... el cronómetro está roto. Un buen ra-to... ¡Querido amigo!¡ Qué miedo he tenido!
Me quedé así echado un rato, reflexionando. Vi que el rostro de Cavor conservaba aún señales de emoción. Transcurrieron unos momentos, y nada dije. Me pasé una mano escudriñadora por sobre las contusiones, y examiné la cara de mi amigo, en busca de daños semejantes.
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