Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.45
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Y luego... el sol!
Firme, inevitablemente, surgió una brillante línea, un delgado borde de intolerable refulgencia que tomó una forma circular, se convirtió en un arco, en un llameante cetro, y lanzó hacia nosotros un torrente de calor, como una flecha de fuego.
Aquello me hizo realmente el efecto de algo que me lastimara los ojos. Exhalé un grito, me di vuelta ciego, y saqué a tientas mi frazada de bajo el fardo.
Y con esa incandescencia nos llegó un sonido, el primer sonido de afuera que oíamos desde que ab
andonamos la tierra, un silbar y crujir, el tormentoso arrastre de las aéreas vestiduras del día creciente. Y con la llegada del sonido y de la luz la estera empezó a mecerse; ciegos y aturdidos, Cavor y yo, dan-do traspiés, chocábamos el uno con el otro. La esfera se tambaleó con más fuerza, y el silbido sonó más alto. Yo había cerrado los ojos por fuerza, y me desesperaba con torpes movimientos por cubrirme la cara con la frazada: en eso estaba, cuando el segundo vaivén de la esfera me hizo perder el equilibrio. Caí contra el fardo, y al abrir los ojos, alcance a echar una rápida ojeada al aire que rodeaba nuestra cubierta de vidrio: el aire corría, hervía, como nieve en la que se ha introducido un hierro candente. Lo que había sido aire sólido, se convirtió, repentinamente, con el contacto del sol, en una pasta, en un lodo, en una fangosa licuación, que silbaba en torbellinos de gas.
Sobrevino una sacudida de la esfera, aun más violenta, y nos agarrarnos el uno del otro. Un momento después, otra sacudida nos hizo rodar de nuevo; rodamos una y otra vez; yo estaba sin aliento. Eramos presa del día lunar; la luna iba a enseñarnos, a nosotros, diminutos hombres, lo que era capaz de hacernos.
Lancé una segunda ojeada hacia las cosas de afuera: bocanadas de vapor, un lodo medio líquido, desprendido de todas partes, caía, se deslizaba. Nos quedamos a obscuras. Yo caí, con las rodillas de Cavor sobre el pecho. Luego, le sentí separarse de mí como arrojado, y durante un rato me quedé tendido, sin aliento, con la mirada fija hacia arriba. Un enor
me alud de aquella materia que se derretía, había caído sobre nosotros, nos había sepultado, y ya se fundía rápidamente, se alejaba hirviendo.
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