Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.44
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La distante pared del cráter, parecía deslizarse y estremecerse, y al contacto del sol ascendía del fondo un velo de vapor gris, subían unos torbellinos y bocanadas y trémulas coronas grises, más espesas, más anchas y más densas, hasta que por último, toda la llanura por el Oeste despidió vapor como un pañuelo mojado que se extiende delante del fuego, y los montes de aquel lado no aparecieron ya más que como un lejano resplandor.
- Esto es aire - dijo Cavor.- Debe ser aire, pues si no lo fuera no se levantaría así al simple contacto de los rayos del sol. Y si es aire...
Miró hacia arriba, y:
-¡Vea usted! exclamó.
-¿Qué?- pregunté.
-En el firmamento. Ya viene. Allá en la obscu-
ridad... un ligero tinte azul. ¡Vea usted! Las estrellas parecen más grandes. Y las pequeñas, y todas esas opacas nebulosidades que vimos en un espacio vacío...¡ se han ocultado!
A prisa, sin detenerse, el día se acercaba. Las cumbres grises, una tras otra, se iban iluminando y adquiriendo una intensidad blanca y humeante. Por fin, hacia el Oeste del sitio en que estabamos, no quedó más que una masa de niebla ascendente, el tumultuoso avance y ascensión de un resplandor nebuloso. La distante pared del cráter se había alejado más y más, se había obscurecido y transformado a través de aquel torbellino, y por último se había fun-dido, se había desvanecido a nuestra vista.
El vaporoso avance estaba, cada vez más cerca de nosotros, se aproximaba con la velocidad de la sombra de una nube impulsada por el viento del Sudoeste. En derredor nuestro se alzó un leve, anticipado resplandor.
Cavor me apretó el brazo.
-¿Qué hay?- le pregunté.
-¡Mire usted! ¡El sol sale! ¡El sol!
Me hizo volver a un lado, y señaló la ceja del muro del Este, que se destacaba sobre el firmamento, apenas un poco más claro que el resto de la montaña. Pero ya su línea se acentuaba con extrañas formas rojizas: lenguas de una llama bermeja que se
alargaban y bailaban. Yo me imaginé que fueran espirales de vapor que, bañadas de luz, formaran esas ardientes lenguas sobre el fondo del cielo; pero, seguramente, lo que veía eran las prominencias solares, una corona de fuego que rodea el sol y que nuestro velo atmosférico oculta para siempre a los ojos terrestres.
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