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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.43

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Los dos contemplamos ansiosos el paisaje de la luna.

VII EL SOL SALE EN LA LUNA
Lo primero que percibieron nuestros ojos era la más desierta y desolada de las comarcas. Estabamos en un enorme anfiteatro, una vasta planicie circular, el fondo de un gigantesco cráter. Sus paredes roca­llosas nos encerraban por todos lados.
Del Oeste, la luz del sol, invisible para nosotros, caía sobre ellos, llegaba hasta el mismo fin de los abruptos montes, y mostraba un desordenado es­carpamiento de rocas ásperas y grises, aquí y allá in­terrumpidas por abismos y por bancos de nieve.. Aquello se hallaba quizás, a unas doce millas de dis­tancia, pero al principio ninguna atmósfera in­termediaria disminuyó en lo mínimo la brillantez detallada con que todo aquello relumbraba ante nuestra vista. Las nevadas rocas se alzaban claras y radiantes sobre un fondo de estrellada negrura que a nuestros ojos terrestres parecía más bien una inmen­sa cortina de terciopelo negro que la inmensidad del firmamento.
El monte del Este apareció al principio como un simple borde sin estrellas de la estrellada cúpula.
Ningún albor rosado, ninguna palidez indecisa anunció el nacimiento del día. Sólo la corona, la luz zodiacal, una enorme aureola en forma de cono, lu­minosa, que se extendía hacia la rutilante estrella de la mañana, nos advirtió la inminente cercanía del sol.
Toda la luz que nos rodeaba nos venía por re­flejo, de los montes del Oeste, y nos hacía ver una extensa, ondulada llanura, fría y gris - un gris que se obscurecía hacia el oriente hasta convertirse en la absoluta lobreguez de la sombra de los montes. In­numerables cumbres grises y redondas fantásticas colinas, blancas oleadas de una substancia nevosa, crestas que se sucedían unas a otras hasta la remota obscuridad, nos dieron la primera noción de la dis­tancia a que se encontraba la pared del cráter. Aque­llas colinas tenían el aspecto de la nieve, y al principio creí que fueran de nieve ; pero no lo eran...¡eran montes y más montes de aire, helado!
Eso fue lo que vimos al principio, y luego, re­pentina, rápidamente, con asombro de nuestros ojos, apareció el día lunar.
Los rayos del sol se habían deslizado hasta el pie de los montes, tocaban ya la base de las blancas moles, y sin detenerse, cual si llevaran calzadas las famosas botas de siete leguas, avanzaban velozmente hacia nosotros.


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