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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.42

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- Estamos como a media hora de la luz del día ­contestó Cavor - Tenemos que esperar.
Era imposible distinguir nada. Si la esfera hu­biera sido de acero, sin la menor ventana, no ha­bríamos estado menos privados de la vista de afuera. Con frotar el vidrio con la frazada sólo conseguí ca­lentar la parte frotada, y cuanto más rápidamente la restregaba, más pronto volvía a ponerse opaca con la humedad nuevamente condensada y con una cre­ciente cantidad de pelos de la manta. La verdad es que no debía haber hecho tal uso de mi frazada, pues en mis esfuerzos para limpiar el vidrio me res­baló por su húmeda superficie y me golpeé la espini­
lla en uno de los cilindros de oxígeno que asomaban de dentro del fardo.
Aquello era exasperante... era absurdo. Ya es­tábamos en la luna, entre quién sabe qué maravillas, y todo lo que podíamos ver era la pared gris y moja­da de la bola dentro de la cual habíamos ido.
- ¡Mal haya el viaje! - exclamé.- Para esto, bien podríamos habernos quedado en nuestras casas. Y me dejé caer sobre el fardo. Tiritaba, y tuve que envolverme en la frazada.
De pronto, la humedad del vidrio se convirtió en cuadritos y vellones de nieve.
-¿Puede usted alcanzar el botón del calentadoreléctrico? - me dijo Cavor - Sí... esa bola negra. Si no, vamos a helarnos.
No esperé a que lo dijera dos veces.
-
Y ahora - pregunté:- ¿ qué vamos a hacer?

-
Esperar - fue su respuesta.


-¿Esperar?
-Naturalmente. Tenemos que esperar hasta quenuestro aire se caliente y el vidrio se aclare. Nada podemos hacer hasta entonces. Aquí es de noche aún... tenemos que esperar a que nos llegue el día. Mientras tanto ¿no siente usted hambre?
Durante un momento no le contesté, me quedé reflexionando. Después, de mala gana, aparté la mi­rada del problema oculto tras del blanco vidrio, y la fijé en el rostro de mi compañero.
- Sí - le dije:- tengo hambre. Y me siento enor­memente desalentado; yo esperaba... no sé... qué es­peraba, pero no era esto.
Llamé en mi ayuda toda mi filosofía, y envol­viéndome en la frazada me senté otra vez en el far-do y empecé mi primera comida en la luna. No creo que la concluí... me olvidé de comer. De repente, primero a trechos, luego rápidamente en largas fajas, se fue aclarando el vidrio, se descorrió el velo hú­medo que ocultaba a nuestros ojos el mundo lunar.


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