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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.41

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Pero por fin todos nuestros bultos quedaron bien atados en un solo fardo envuelto en blandas fra­zadas: habíamos empleado en ello todas, salvo dos con agujeros en el medio, que habíamos apartado para envolvernos en ellas.
En seguida, pues aquello no duró más que un instante, Cavor abrió una ventana del lado de la luna, y vimos que caíamos hacia un enorme cráter central, en cuyo derredor se agrupaban en forma de cruz otros cráteres menores. Y entonces otra vez lanzó Cavor nuestra diminuta esfera, con las ventanas abiertas, hacía el deslumbrador y quemante sol. Creo que usaba la atracción del sol como un freno.
-¡Cúbrase usted con una frazada! – gritó de re­pente, apartándose violentamente de mí.
Durante un momento, no comprendí; pero luego tiré de una punta la frazada que tenía bajo mis pies, y me envolví con ella la cabeza, particularmente los ojos.
Bruscamente, Cavor cerró de nuevo las celosías, abrió otra, la cerró en el acto, y después empezó de repente a abrirlas todas, asegurándolas una por una dentro de sus cilindros de acero. Hubo un sa­cudimiento, y ambos rodamos y rodamos, chocando contra el vidrio de las paredes y contra el abultado fardo de nuestro equipaje, y agarrándonos el uno al otro; afuera, una substancia blanca se aplastaba, co­mo sí nuestra esfera rodara por un monte de nieve...
Vuelta, golpe, vuelta, nos aferramos de cualquier cosa, golpe, vuelta, vuelta...
Un choque sordo, y me encontré medio sepul­tado bajo el fardo. Por un momento, inmovilidad y silencio. En seguida oí a Cavor resoplar y gruñir, y el ruido de una celosía al correr por su ranura. Hice un esfuerzo, empujé a un lado nuestro envoltorio de frazadas y cajas, y surgí de abajo de todo aquello: nuestras abiertas ventanas no parecían otra cosa que estrellas en un cielo obscuro, negro.
Cavor y yo estábamos vivos, y nuestra esfera ya-cía en la obscuridad producida por las paredes del gran cráter dentro del cual habíamos caído.
Nos quedamos sentados conteniendo la respira­ción, y palpando los chichones que teníamos por to-do el cuerpo. No creo que ninguno de los dos hu­biera previsto claramente el brusco trato que habíamos recibido. Penosamente, logré pararme.
- ¡Y ahora - dije,- veamos el paisaje de la luna! Pero...¡qué obscuridad tremenda, Cavor! El vidrio estaba húmedo, y yo lo limpiaba con mi frazada, al decir esas palabras.


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