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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.40

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Por encima de aquel mundo volábamos, apenas a unas cien millas de sus crestas y pináculos, y ya po­díamos ver lo que ningún ojo terrestre podrá ver ja­más: que bajo el esplendor del día, los agudos perfi­les de las rocas y las grietas de las llanuras y los fondos de los cráteres se volvían grises y confusos bajo una, neblina que se hacía más densa cada vez ; lo blanco de sus iluminadas superficies se interrum­pía con manchas y aberturas, y se volvía a interrum­pir, y se hundía y desaparecía, y extraños tintes habanos y aceitunados nacían y se esparcían aquí y allá.
Pero de poco tiempo disponíamos para mirar eso, pues va habíamos llegado al peligro real de nuestro viaje: teníamos que acercarnos aún más a la luna mientras, rodábamos en torno suyo, acortar luego nuestro andar, y espiar la oportunidad en que pudiéramos por fin atrevernos a caer sobre la super­ficie.
Para Cavor, el momento era de intensa atención; para mí, de ansiosa inactividad. Yo, continuaba ig­norando lo que iba a hacer; él, saltaba por todo el
interior de la esfera, de un punto a otro, con una agilidad que en la tierra habría sido imposible.
Incesantemente, durante aquellas últimas horas tan decisivas, abría y cerraba las ventanas de Cavo­rita, hacía cálculos, consultaba su cronómetro a la luz de la lámpara empañada. Durante largo rato tu­vimos todas nuestras ventanas cerradas, y nos cer­nimos silenciosamente en la obscuridad, rodando por el espacio.
Después, le sentí buscar a tientas los resortes de las celosías, y cuatro ventanas se abrieron brus­camente. Yo di un salto y me cubrí los ojos, lastima­dos y cegados por el desusado esplendor del sol bajo nuestros pies. En seguida se cerraron otra vez las ventanas, dejando mi cerebro palpitante en una obscuridad que se agolpaba contra mis ojos. Y volví a flotar en un vasto y negro silencio.
Al poco rato, Cavor encendió la luz eléctrica, y me dijo que era necesario atar todos nuestros bultos de equipaje unos con otros y envolverlos en las fra­zadas para protegerlos del choque de la caída. Así lo hicimos, con las ventanas cerradas porque, de esa manera, todos los bultos se juntaban por sí mismos en el centro de la esfera. Aquella también fue una extraña escena: los dos, flotando sueltos en aquel es­pacio esférico y empaquetando, y tirando de las cuerdas: ¡ imagínense ustedes el cuadro, si pueden! Allí no había arriba ni abajo, y de cada esfuerzo re­sultaban inesperados movimientos: ya me sentía apretado contra el vidrio por la fuerza del puño, de Cavor; ya pateaba desatentadamente en el vacío; ora la estrella de la luz eléctrica estaba sobre, nuestras cabezas; ora se hallaba a nuestros pies; de repente, los pies de Cavor flotaban delante de mis ojos, y en el siguiente momento nos cruzábamos sin tocarnos.


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