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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.39

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Tan pequeño era el esfuerzo que teníamos que hacer, la anulación positiva de nuestro peso hacía tan fácil lo que nosotros teníamos que hacer, que du­rante cerca de seis horas transcurridas desde que ha­bíamos partido, no se nos ocurrió la idea de tomar ningún refrigerio: seis horas era el tiempo señalado por el cronómetro de Cavor.
Y aun entonces, con muy poco quedé satisfecho. Cavor examinó el aparato de absorción del ácido carbónico y del agua, y lo declaró en condiciones sa­tisfactorias: nuestro consumo de oxígeno había sido extraordinariamente pequeño. Y como nuestra con­versación se había agotado por el momento, y nada teníamos ya que hacer, nos entregamos al extraño sopor que nos había invadido: extendimos nuestras frazadas en el fondo de la esfera, para impedir, lo más que fuese posible, que entrara la luz de la luna nos, dimos las buenas noches, y casi inmediatamente nos quedamos dormidos.
Y así - durmiendo y a veces hablando y leyendo un poco, y a veces comiendo, aunque sin apetito vi­vo1; pero en la mayor parte del tiempo en un deli­quio que no era estar despierto ni dormido, caímos y caímos, durante un espacio de tiempo que no tenía día ni noche, silenciosa, suave, rápidamente hacia abajo, hacia la luna.
1 Es curioso que mientras estuvimos en la esfera no sintiéramos el me-nor deseo de tomar alimentos, ni la necesidad de ellos cuando nos abs­teníamos de tomarlos. Al principio forzamos el apetito, pero después ayunamos completamente. En todo, no consumimos la vigésima parte de la provisión de conservas que habíamos llevado. También la canti­dad de ácido carbónico que respiramos fue muy pequeña: pero el cómo sucedió eso, no está a mi alcance.

VI LA LLEGADA A LA LUNA
Me acuerdo de cómo un día Cavor abrió repen­tinamente seis de nuestras ventanas y la luz me cegó, de tal modo que prorrumpí en gritos. El área entera, que abarcaba nuestra vista era una estupenda cimita­rra de blanca luz de amanecer, con los bordes inte­rrumpidos por manchas de obscuridad, la playa curva de una creciente marea negra, de la cual sur­gían picos y pináculos a la ardiente luz del sol. Doy por hecho que el lector ha visto cuadros o fotogra­fías de la luna, de modo que no necesito describir los aspectos generales del paisaje, aquellas espaciosas cadenas de montes, en forma de círculos, más vastos que cualquier montaña terrestre, con sus cumbres brillantes en el día, sus sombras anchas y profundas; las llanuras grises y desordenadas; las cordilleras, ce­rros y cráteres, pasando todo por fin de una reful­gente iluminación a un común misterio de negrura.


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