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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.38

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Cualquier ser viviente que haya, tiene que pasar por ese invierno, cada día más cruel.
Reflexionó.
-Podemos imaginarnos algo como unos gusanos
- dijo,- que se alimenten de aire sólido, así como los gusanos terrestres tragan tierra; o monstruos paqui­dermos...
-A propósito - le interrumpí; -¿ por qué no, he-mos traído un fusil? No contestó a esta pregunta.
-No – concluyó; - pronto lo sabremos todo.
Cuando estemos allá, veremos.
Yo me acordé de otra cosa.
-Por supuesto que mis minerales estarán allí, ellos sí, de todos modos - dije,- cuales quiera que se­an las condiciones de vida.
Cavor me dijo que deseaba alterar nuestra ca­rrera algo, dejando a la tierra atraernos por un mo­mento: iba a abrir la ventana del Este durante treinta segundos. Me previno que eso me haría dar vueltas la cabeza, y me aconsejó que extendiera las manos, hacia el vidrio, para amortiguar mi caída. Hice lo que me decía, y apoyé los pies en los bultos de comesti­bles y cilindros de aire, para impedir que me cayeran encima. En ese momento, con un chasquido, se abrió bruscamente la ventana; yo caí como un fardo, de cara y protegiéndome con las manos, y durante un momento, por entre mis negros, apartados dedos, vi a nuestra madre tierra, un planeta en un firma­mento que se extendía hacia abajo.
Estábamos todavía muy cerca: -Cavor me dijo que la distancia era quizás unas ochocientas millas ­y el enorme disco terrestre llenaba todo el cielo; pero ya se veía con claridad que el mundo era un globo. La parte del planeta que miraba hacia nosotros pare-cía vaga, confusa; pero, hacia el Oeste, las vastas sá­banas grises del Atlántico, bajo la luz moribunda del día, brillaban como plata derretida. Creo que reco­nocí las costas de Francia, de España y del Sur de Inglaterra, cuyos contornos se dibujaban como nu-bes en el firmamento; luego, con otro chasquido, la ventana se volvió a cerrar, y me encontré en un esta­do de extraordinaria confusión, deslizándome len­tamente por el suave vidrio.
Cuando las cosas recuperaron su posición en mi cerebro, me pareció completamente fuera de duda y
cuestión, que la luna estaba «abajo», y bajo mis pies, y que la tierra estaba allá, en el nivel del horizonte; la tierra que había estado «abajo» para mí y para mis semejantes desde el principio de la existencia.


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