Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.36
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Al principio me dio una especie de vértigo el estar parado en nada más que un vidrio, por grueso que éste fuera, y mirar abajo, a la luna, a través de cientos de miles de millas de espacio vacío; pero
aquel malestar pasó pronto, y entonces:¡ qué esplendoroso espectáculo!
El lector podrá imaginárselo mejor si se echa en el suelo en una calurosa noche de estío, alza los pies, y por entre ellos mira la luna; pero por alguna razón, probablemente porque la ausencia de aire la hacía más luminosa, la luna parecía ya considerablemente mayor que cuando se la ve desde la tierra. Los más pequeños detalles de su superficie aparecían con minuciosa claridad; y como no la veíamos ya a través del aire, sus contornos eran brillantes y agudos, no había en torno suyo resplandor ni aureola, y el polvo de estrellas que cubría el firmamento llegaba hasta sus mismas orillas, y señalaba los contornos de su parte iluminada. Allí, parado, contemplando la luna a mis pies, aquella idea de lo imposible, que me había atormentado desde nuestra partida, volvió a acometerme con más fuerza que nunca.
-Cavor - dije.- Esto me produce una impresión rara. Los sindicatos que íbamos a formar, y todo eso de los minerales...
-¿Bueno y qué?... -No los veo aquí. -No - contestó Cavor;- pero pronto los verá us-
ted.
-Supongo que nos volveremos como hemos venido. Sin embargo, me voy animando. Durante un momento he llegado casi a creer que nunca ha habido un mundo.
-Ese ejemplar del Lloyd´s News puede ayudarla a usted a recordarlo.
Miré el papel un momento, y luego lo alcé hasta ponerlo al nivel de mi cara: entonces vi que podía leer cómodamente.
Mi mirada tropezó con la columna de los avisos pequeños: «Un caballero que dispone de dinero, prestaría dinero». Yo conocía a ese caballero. Después, un excéntrico quería vender una bicicleta rápida, «enteramente nueva, y que ha costado quince libras», por cinco libras; y una señora, en malas circunstancias, deseaba deshacerse de unos cuchillos y tenedores para pescado, «un regalo de boda», con gran sacrificio. Sin duda, alguna alma simple estaría examinando aquellos cuchillos y tenedores, y otra corría triunfalmente en la bicicleta, y una tercera alma simple, consultaba, confiada y sincera, al benévolo caballero que disponía de dinero, mientras yo leía los avisos. Me eché a reír y dejé caer el periódico.
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