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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.35

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El espacio estaba tan negro como la obscuridad misma del interior de la esfera,
pero un número infinito de estrellas marcaba la for­ma de la ventana abierta.
Los que sólo han visto desde la tierra el cielo estrellado, no pueden imaginarse la apariencia que tiene cuando ha desaparecido el velo vago, medio luminoso, de nuestro aire. Las estrellas que vemos de la tierra son apenas unas cuantas que consiguen penetrar en nuestra tupida atmósfera. ¡Por fin me era dado comprender lo infinito del universo!
Sin duda nos esperaban cosas más extrañas aún; pero ese firmamento sin aire, cubierto como de un polvo de estrellas, es de todos mis recuerdos de esos días el último que se desvanecerá.
La ventanita desapareció con un chasquido; otra, a su lado, se abrió de golpe y se cerró enseguida, y luego una tercera, y durante un momento tuve que cerrar los ojos, para protegerlos del deslumbrante esplendor de la luna menguante.
Cuando volví a abrir los ojos, tuve, por un rato, que mirar a Cavor y los objetos iluminados de blan­co que me rodeaban, antes de volver la vista a aquel pálido fulgor.
Cavor abrió cuatro ventanas para que la gravi­tación de la luna pudiera obrar sobre todas las substancias que había dentro de la esfera. De repente notó que ya no iba flotando libremente en el espacio, sino que mis pies reposaban en el vidrio, en la direc­ción de la luna. Las frazadas y las cajas de provisio­nes se aglomeraban también lentamente sobre el vidrio, y un instante después reposaron completa­mente contra él, ocultando una parte de la vista. A mi me parecía, por supuesto, que miraba «abajo», cuando miraba a la luna. En la tierra, «abajo» signifi­ca hacia el suelo, en la dirección adonde caen las co­sas, y «arriba» la opuesta dirección. Pero, allí, el sentido de la gravitación era hacia la luna, y todo me indicaba que la tierra estaba «arriba». Por otra parte, cuando todas las celosías de Cavorita se hallaban ce­rradas, «abajo» era el centro de nuestra esfera, y «arriba» sus paredes exteriores.
Era también un caso bastante curioso, raro para habitantes de la tierra, el de recibir la luz de abajo. En la tierra, la luz cae de arriba, o llega oblicuamente, siempre de arriba abajo; pero allí nos llegaba de abajo de nuestros pies y, para ver nuestras sombras, teníamos que mirar hacia arriba.


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