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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.33

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Sentí un ligero estremecimiento, un golpecito se-co como si destaparan una botella de champaña en una habitación contigua, y un ruido débil, una espe­cie de zumbido. Por un instante experimenté la sen­sación de una tensión enorme, una intuitiva convic­ción de que mis pies apretaban el suelo con una fuerza de inconmensurables toneladas. Aquello duró un tiempo infinitesimal, pero bastó para impulsarme a la acción.
-¡Cavor!- grité en la obscuridad - Mis nervios se rompen... Creo que no...
Me detuve: él no contestó.
-¡Váyase usted al diablo! – gritó - ¡Soy un mente-cato! ¡Qué tengo que hacer aquí! No voy, Cavor: la cosa es demasiado arriesgada. Voy a salir de la esfe­ra...
-No puede...- me, contestó.
-¿ No puedo? ¡Ya lo veremos!
No me dio respuesta alguna, durante unos diez segundos.
-Ya es demasiado tarde para reñir, Bedford - me dijo después.- Ese pequeño sacudimiento fue la par­tida. Ya estamos en viaje, volando con tanta veloci­dad como una bala, en el abismo del espacio.
-Yo...- dije... Y luego no supe cómo continuar.
Estuve un rato como aturdido: nada tenía que decir. Me hallaba como si antes no hubiera oído ha­blar nunca de la idea de marcharnos del mundo.
Luego noté un indescriptible cambio en mis sensa­ciones corporales. Era una impresión de ligereza, de irrealidad. Junto con ello, una rara sensación en la cabeza, casi un efecto apoplético, y un retumbar de los vasos sanguíneos de los oídos. Ninguna de esas sensaciones disminuyó con el transcurso del tiempo, pero al fin llegué a acostumbrarme tanto a ellas, que ya no me causaron la menor molestia.
Oí un crujido, y de una pequeña lámpara empa­ñada brotó la luz.
Vi la cara de Cavor, tan blanca como sabía que estaba la mía. Nos. miramos uno a otro en silencio. La transparente negrura del vidrio en que estaba apoyado de espaldas, lo hacía aparecer como flotan­do en el vacío.
-Bueno: nuestra suerte está echada - dije, por úl­timo.
-Sí - contestó él,- está echada. ¡ No se mueva us-ted !- exclamó, al verme iniciar un ademán.- Deje usted sus músculos en completa flojedad... como si estuviera usted en la cama. Estamos en un pequeño universo enteramente nuestro.¡ Mire usted todo eso!
Señalaba las cajas y atados que habían quedado sueltos sobre las frazadas, en el fondo de la esfera.


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