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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.32

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Cavor sacó la cabeza por la abertura.
-Mire usted ! - dijo - ¡Allí tenemos algo!
-¿Hay tiempo?
-Una hora.
Salí de la esfera: lo que Cavor había visto era un número de Tit-Bits que uno de los peones debía ha­ber dejado allí. Más lejos, en un rincón, distinguí un pedazo del L1oyd´s News. Volví apresuradamente a la esfera con todo aquello.
-¿Pero qué es lo que usted ha traído?- le pre­gunté.
Tomé el libro que tenía en la mano y leí: Obras de William Shakespeare.
Un ligero rubor asomó a su rostro.
-Mi educación ha sido tan puramente, cientí­fica...- dijo, con acento de excusa.
-¿Nunca lo ha leído usted?
-Nunca.
-Es un gran regalo intelectual - dije.
Tal es lo que uno debe decir, aunque en el he-cho, yo tampoco había leído mucho a Shakespeare. Dudo de que sean numerosas las personas que lo han leído.
Ayudé a Cavor a atornillar la cubierta de vidrio de la entrada y hecho esto, empujó un resorte para cerrar la correspondiente celosía exterior. Nos que­damos en tinieblas.
Durante un rato, no hablamos ni el uno ni el otro. Aunque nuestra caja no era refractaria al soni­do, reinaba en ella el mayor silencio. De repente noté que no había nada de qué agarrarse cuando ocurriera
el sacudimiento de la partida, y me di cuenta de que
no había ni una silla, lo que era mucha incomodidad.
-¿Por qué no tenemos sillas ?- pregunté.
-Eso está arreglado - contestó Cavor.- No las necesitaremos.
-¿Por qué no?
-Usted lo verá - fue su réplica, en el tono de quien no desea hablar más.
Yo volví a callarme. Bruscamente me había. acometido la idea, clara y vívida, de que era una tontería mía la de meterme en esa esfera. «Y ahora ­me pregunté,- ¿ será demasiado tarde para re­tirarme?» El mundo exterior de la esfera, yo lo sabía, sería frío y por demás inhospitalario para mí: du­rante semanas había estado viviendo del dinero de Cavor; pero, a pesar de todo, ¿sería tan frío como el infinito cero, tan inhospitalario como el vacío espa­cio? Si no hubiera sido por la apariencia de cobardía que habría tenido el acto, creo que aun en aquel momento le habría exigido que me dejara salir; pero vacilé y vacilé, y mi temor y mi cólera crecían, y el tiempo pasó.


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