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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.29

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Pa­rece que viera aún todo aquel montón de cosas en un rincón: latas, rollos, cajas, un espectáculo convin­cente.
Eran días aquellos de labor febril, en los que apenas quedaba tiempo para pensar. Pero un día, cuando estábamos cerca ya del fin, un extraño malhumor se apoderó de mi. Había estado enladri­llando el horno durante toda la mañana, y me senté al lado del mismo horno, completamente desalenta­do. Todo me parecía obscuro o increíble.
- Pero oiga, usted, Cavor - dije;- al fin y al cabo
¿para qué hacemos todo esto? Cavor se sonrió.
-Ahora hay que seguir adelante.
-¡A la luna! - reflexioné.- Pero ¿qué espera usted encontrar allá? Yo creía que la luna era un mundo muerto...
Cavor se encogió de hombros.
-¿Qué espera usted encontrar?
-Ya lo veremos.
-¿Lo veremos?- dije yo, y me quedé mirando de­lante de mí.
-Está usted cansado - observó.- Lo mejor que podría usted hacer ahora, es dar un paseo.
- No - contesté, obstinadamente.- Voy a terminar de poner estos ladrillos. Y lo hice; y con eso me gané una noche de in­somnio.
No creo haber pasado nunca una noche seme­jante. Antes de arruinarme en los negocios había, pasado malos ratos; pero las peores noches de en­tonces eran dulces sueños en comparación con aquella, dolorosa o interminable vigilia. De impro-viso me encontraba en la más enorme perplejidad sobre la empresa que íbamos a acometer.
Ningún recuerdo tengo de haber pensado antes de esa noche, en todos los riesgos que íbamos a co­rrer; pero entonces acudieron a mí como la legión de espectros que una vez puso sitio a Praga, y me ro­dearon. Lo extraño de lo que íbamos a hacer, su ca­rácter ajeno a cuanto se puede idear en la tierra, me abrumaba. Me sentía como un hombre que se des­pierta de sueños placenteros, para encontrarse ro­deado de las cosas más horribles. Tendido en mi cama, con los ojos abiertos cuan grandes eran, veía la esfera, y ésta parecía adelgazarse y atenuarse... y Cavor era cada vez un ser menos real, más fantásti­co, y toda la empresa cada vez más loca.
Me levanté de la cama y eché a andar por el cuarto. Me senté delante de la ventana y contemplé la inmensidad del espacio. Entre las estrellas media-ba la obscuridad vacía, insondable. Trató de recor­dar los fragmentarios conocimientos de astronomía que había adquirido en mis irregulares lecturas, pero todo aquello era demasiado vago para proporcionar idea alguna de las cosas que podíamos esperar.


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