Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.27
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Y hablamos como si tuviéramos que limitarnos a la luna.
-¿Dice usted?...
-Allí está Marte... atmósfera clara, nuevos horizontes, excelentes condiciones de ligereza. Sería muy agradable ir allá.
-¿Hay aire en Marte?
-¡Oh, si!
-Parece que se preparará usted a emplearlo co-mo sanatórium. A propósito, ¿a qué distancia esta Marte?
-Actualmente, a doscientos millones de millas contestó Cavor, vivamente,- y para ir, pasa usted cerca del sol.
Mi imaginación comenzaba otra vez a dejarse llevar. -Al fin y al cabo - dije,- en esas cosas hay algo. Hay el viaje... Una extraordinaria faz del asunto asaltó mi mente. De improviso vi, como en una visión, el sis
tema solar entero recorrido por líneas de navegación aérea «Cavoritas» y por esferas de luxe. «Derechos de prioridad» - eran las palabras que flotaban en mi mente; derechos planetarios de prioridad. Recordé el antiguo monopolio español del oro de América. Ya no se trataba de que fuera este planeta o el otro; to-dos los planetas entraban en cuenta.
Miré la rubicunda cara de Cavor, y mi imaginación, de golpe, empezó a dar saltos y a danzar. Me paré, me puse a pasearme de arriba a abajo: mi lengua se desató.
-
¡Ya empiezo a comprender - dije,- ¡ya empiezo a entrar en ello!
Mi transición de la duda al entusiasmo parecía haberse hecho de un solo salto.
-
¡Pero eso es tremendo!- grité.- ¡Es imperial! ¡Nunca he llegado a soñar nada tan grande!
Una vez desaparecido el hielo de mi oposición, la sobreexcitación contenida de Cavor se dio libre curso. También él se paró y empezó a pasearse; también él gesticuló y gritó. Nuestros movimientos y palabras eran los de dos hombres inspirados: estábamos inspirados.
-
Todo lo arreglaremos - dijo, en respuesta a no sé qué dificultad de detalle que yo oponía.- ¡Pronto
lo arreglaremos todo! Esta misma noche empezaremos los dibujos para las fundiciones.
-
¡Los empezaremos ahora mismo! - repliqué,- y juntos nos precipitamos al laboratorio, a poner, acto continuo, manos a la obra.
Durante la noche entera estuve como un niño en un país de hadas. El alba nos encontró todavía en la labor, y la luz eléctrica siguió brillando, sin hacer ca-so del día. Me acuerdo exactamente de lo que parecían aquellos dibujos - yo sombreaba y pasaba tinta en lo que Cavor dibujaba: cada uno mostraba en sus manchas y borrones, la prisa con que había sido he-cho, pero todos eran maravillosamente correctos.
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