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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.24

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La aventura era para mi más que dudosa. Y, sin em­bargo, tuve la convicción mental de que lo que pen-saba en ese instante, y no otra cosa, era lo que debía haber ejecutado.
A pesar de mi ayuda, persistían las dificultades para encontrar la fórmula, y mientras tanto nos ocu­pamos de restablecer el laboratorio. Mucho hubo que hacer antes de que fuera indispensable decidir la exacta forma y método de nuestra segunda tentativa. Nuestro único contratiempo fue la huelga de los tres trabajadores, que se oponían a mi entrada en funcio­nes como capataz; pero el asunto quedó resuelto al cabo de dos días de negociaciones.

III LA CONSTRUCCIÓN DE LA ESFERA
Me acuerdo con perfecta claridad de la ocasión en que Cavor me habló de su idea de la esfera. Antes había tenido ya intuiciones al respecto, pero esa vez parecían haberle asaltado con la velocidad del rayo. Volvíamos juntos a casa, a tomar el té, y en el cami-no se puso a tararear. De repente gritó:
-
¡Eso es!¡ Eso la completa! ¡Una especie de celo­sía de las que se enrollan!

-¿Completa, qué? - pregunté.
-¡Espacio... cualquier parte! ¡La luna!
-¿Qué quiere usted decir?

-
¿Quiero decir? ¡Cómo!...¡Que debe ser una esfe­ra! ¡Eso es lo que quiero decir!


Vi que aquello estaba fuera de mi alcance, y du­rante un rato le dejé hablar a su manera. Entonces
no tenía yo ni sombra de una idea de su intento; pe­ro después de tomar te, me lo explicó.
-La cosa es así – dijo - La última vez, puse esa substancia que suprime la gravitación, dentro de un tanque chato con una tapa encima, que la mantenía encerrada. Apenas se hubo enfriado y terminó su fabricación, sobrevino el gran desborde: nada de lo que estaba encima tuvo el menor peso; el aire se ele­vó como lanzado por una poderosa bomba, la casa se fue tras del aire, y si la misma substancia no hu­biera seguido al resto, no sé lo que habría sucedido. Pero, suponga usted que la substancia está suelta, en libertad de elevarse!...
-¡Se elevará en el acto!
-Exactamente. Con no mayor trastorno que el que causaría el disparo de un gran cañón.
-Pero ¿de qué puede servir eso?
-¡Yo subiré con ella!Dejé en la mesa mi taza de té, y lo miré espan­tado.


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