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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.23

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Después, mientras tomaba su baño yo reflexioné a solas, y medí la cuestión por entero. Claro estaba que la compañía del señor Cavor tenía in­convenientes que yo no había previsto. Su dis­tracción, que acababa de estar a pique de despoblar el globo terráqueo, podía en cualquier momento te­ner por resultado algún nuevo trastorno. Por otra parte, yo era joven, mis negocios estaban en misera­ble estado, y mi situación de ánimo era exactamente la más propicia para intentar atrevidas aventuras... con tal de que al final de ellas hubiera algo bueno. Yo había resuelto ya para mí, que por lo menos la mitad de ese aspecto del negocio sería mía. Por for­tuna, tenía mi casita, como he explicado ya, alquilada por tres años sin responsabilidad en cuanto a las re­paraciones que hubiera que hacer, y mis muebles, o los objetos que con tal nombre existían dentro, ha­bían sido comprados a prisa, no los había pagado aún, pero los había asegurado ya. Parientes, no tenía ninguno. Al cabo de mis reflexiones decidí continuar en compañía de Cavor hasta ver el fin del asunto.
A la verdad, el aspecto de las cosas había cam­biado muchísimo. Yo no dudaba ya de los grandes alcances de la substancia, pero empecé a abrigar du-das en cuanto a su aplicación a las cureñas de cañón y a la fabricación de calzado.
Inmediatamente empezamos los trabajos de re­construcción de su laboratorio, y procedimos a nue­vos experimentos. Cavor hablaba más de acuerdo que antes con mis ideas, cuando llegamos a la cues­tión de cómo haríamos otra vez la substancia.
- Por supuesto que tenemos que hacerla, nueva-mente – dijo, con una especie de alegría que no es­peraba de él;- por supuesto que tenemos que hacerla. Hemos sufrido un grave contratiempo, pero ello nos ha servido para dejar a un lado la teoría, del todo y para siempre. Si podemos evitar de alguna manera el destrozo de este planetita en que vivimos, lo evita­remos; pero... ha de haber riesgos! Ha de haber: en los trabajos experimentales los hay siempre. Y en este punto, usted, como hombre práctico, tiene que entrar en acción. Por mi parte, me parece que po­dríamos quizá hacer la capa muy delgada y ponerla
de canto hacia arriba. Sin embargo, no sé todavía, si será así: tengo una vaga percepción de otro método, que ahora me sería muy difícil de explicar. Lo curio-so es que la solución se me ocurrió cuando, envuelto en lodo, iba rodando, empujado por el viento.


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