Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.22
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Hecho esto, conversaremos más a nuestras anchas. Sería prudente, me parece añadió poniéndome en el brazo una lodosa mano,-que el asunto no saliera de entre nosotros dos. Sé que he causado grandes daños; probablemente algunas casas, aquí y allá en la comarca, han quedado en ruinas. Es evidente que yo no podría pagar los perjuicios que he ocasionado, y si se hace pública la causa real de esos destrozos, lo único que resultará de tal publicidad será que la gente se, enfurezca y estorbe mi obra. Uno no lo puede prever todo ¿sabe usted? y yo no puedo consentir un momento en agregar el peso de cálculos prácticos a mi teorización. Más tarde, estando ya usted conmigo, ayudado yo por su talento práctico, cuando la Cavorita haya sido lanzada - lanzada es la palabra, ¿no? - y haya dado todos los resultados que usted predice, podremos arreglar en forma las cosas con la gente perjudicada.
Pero ahora... ahora no. Si nosotros no damos otra explicación, la gente, en el estado actual de la ciencia meteorológica, tan inseguro, lo atribuirá todo a un ciclón. Puede hasta haber una subscripción pública, y en ese caso, como mi casa se ha derrumbado y ar-dido, recibiría yo una considerable parte de la compensación, lo cual sería en extremo útil para la prosecución de nuestras investigaciones ; pero si se sabe que yo he causado el mal, no habrá subscripción pública, y todos los perjudicados perderán con eso. El hecho, para mí, es que ya no volveré a tener la oportunidad de trabajar en paz. Mis tres ayudantes pueden o no haber perecido: ese es un detalle. Si han muerto, la pérdida no es muy grande, pues eran más celosos que hábiles, y este prematuro acontecimiento debe tener por origen el descuido de los tres en su deber de cuidar la hornilla. Si no han perecido, dudo de que tengan inteligencia suficiente para explicar el asunto: ellos también aceptarán la historia del ciclón. Y si durante la temporal inhabitabilidad de mi casa puedo alojarme en uno de los cuartos que usted no ocupa aquí...
Hizo una pausa y me miró.
«Un hombre de tales alcances - pensé,- no es un huésped ordinario que uno puede alojar así como así.»
-Quizás - dije en seguida, parándome,- lo mejor será que empecemos por buscar la trulla.
Y eché a andar hacia los desparramados restos de la cabaña del jardín.
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