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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.19

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Penetre en las breñas, lanzándome de un árbol a otro y colgándome de ellos, y durante un rato le busqué en vano. Por fin, en medio de un montón de ramas rotas y pedazos de empalizada que se hablan aglomerado contra la tapia del jardín, distinguí algo que se movía. Corrí hacia ello, pero antes de que hu­biera llegado, un objeto de color obscuro se separó del montón, se alzó sobre un par de piernas lodosas, y alargó dos manos lánguidas y ensangrentadas. Al­gunos fragmentos desgarrados de ropas colgaban del centro del bulto y el viento los agitaba violenta­mente.
Pasó un momento antes que yo pudiera recono­cer lo que había en aquel paquete de barro: después vi que era Cavor, envuelto en el lodo sobre el cual había rodado. Echó el cuerpo hacia adelante, contra el viento, restregándose los ojos y la boca para lim­piarlos de lodo.
Extendió un brazo que era puro barro, y dio un vacilante paso en mi dirección. Sus facciones se agi­taban de emoción y hacían que el barro que las cu­bría se resquebrajara y cayera en motitas. Su aspecto era el de una persona tan deteriorada é inspiraba tanta compasión, que, por lo mismo, sus palabras me causaron profundo asombro.
- ¡Felicíteme usted! - balbuceó.- ¡Felicíteme usted!
-¿Felicitarle? ¡Santo cielo! ¿Por qué?-La he hecho.
-La ha hecho usted. ¿Qué diantres ha causado esta

explosión?
Una ráfaga de viento se llevó lejos sus palabras. Comprendí que decía que no había habido explosión alguna. El viento me precipitó hacia él, nuestros cuerpos chocaron, y nos quedamos agarrados el uno al otro.
-Procuremos volver a mi casa - vociferé a su oí­do: él no me oyó, y gritó algo de «tres mártires... ciencia,» y también algo de «no muy bueno.» En ese momento hablaba bajo la impresión de que sus tres ayudantes habían perecido en el ciclón: por fortuna el temor era injustificado: apenas salió Cavor para mi casa, los tres se habían encaminado hacia la taberna de Lympne, a discutir la cuestión de los hornos con la ayuda de algunos tragos.
Repetí mi invitación para que fuéramos a mi ca­sa, y esta vez entendió. Nos aferramos el uno al bra­zo del otro, echamos a andar, y por fin conseguimos ponernos bajo el poco de techo que me había que-dado. Durante un rato, permanecimos sentados cada uno en un sillón, silenciosos y jadeantes.


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