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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.18

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¡Y entonces! ...
Las chimeneas se alargaron hacia el cielo, con­vertidas cada una, al estirarse, en un rosario de ladri­llos, y el techo y una miscelánea de muebles la siguie­ron. Después, rápidamente, hasta alcanzarlos surgió una llama enorme y blanca. Los árboles situados en torno del edificio se cimbraron y crujieron y se rom­pieron en pedazos que saltaron hacia la llamarada. Un estampido de trueno me aturdió hasta el extremo de dejarme sordo de un oído por toda la vida, y en todo mi derredor los vidrios de las ventanas cayeron hechos añicos.
Di tres pasos, de la terraza a la casa de Cavor, y en eso estaba cuando me alcanzó el viento.
Instantáneamente, los faldones de mi jaquette, subieron hasta cubrirme la cabeza, y empecé a avan­zar hacia Cavor a grandes saltos y rebotes, bastante contra mi voluntad. En el mismo momento, el des­cubridor se levantó del suelo, y voló, - es la palabra,-por el aire rugiente. Vi a uno de los jarrones de mi chimenea tocar el suelo a seis yardas de mí, dar un salto de unos veinte pies, y así precipitarse en gran-des brincos hacia el foco del huracán. Cavor, blan­diendo los brazos y las piernas, cayó otra vez, rodó por el suelo repetidamente, se esforzó en vano por pararse, y el viento lo levantó y lo llevó adelante con enorme velocidad, hasta hacerle desaparecer por fin entre los árboles deshechos, destrozados, que yacían en derredor de su casa.
Una masa de humo y cenizas, y un cuadro de una substancia azulada, brillante, se elevó hacia el cenit. Un ancho trozo de palizada pasó volando a mi lado, se inclinó de canto hacia abajo, tocó el suelo, y cayó de plano. En ese momento la crisis iba ya en descenso. La conmoción aérea disminuyó rápida­mente hasta no ser más que un fuerte ventarrón, y pude darme ya cuenta de que respiraba y tenía pies. Inclinándome contra el viento conseguí detenerme, y pude reunir las fuerzas que aún me quedaban.
En tan pocos instantes, la faz entera del mundo había cambiado. La tranquila puesta de sol se había desvanecido; el cielo estaba cubierto de gruesos nu­barrones, y en la tierra todo se aplastaba, se cimbra­ba bajo el huracán. Volví los ojos para ver si mi
casita estaba, en términos generales, todavía en pie, y luego echó a andar, tambaleándome hacia adelante, en dirección a los árboles entre los cuales había de­saparecido Cavor y a través de cuyas altas y deshoja­das copas brillaban las llamas de su incendiada casa.


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