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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.17

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-Venceremos el obstáculo cuando se presente ­fue mi respuesta.


II LA PRIMERA FABRICACIÓN DE CAVORITA
Pero los temores de Cavor con respecto a la po­sibilidad de hacer la Cavorita eran infundados: ¡el 14 de octubre de 1899 aquel hombre hizo la increíble substancia!
Lo singular fue que resultó hecha por accidente cuando Cavor menos la esperaba. Había fundido juntos varios metales y otras cosas diversas - ¡ojalá supiera yo ahora los detalles,! - y pensaba tener la mezcla en el fuego una semana, para dejarla después enfriarse lentamente. A menos que se hubiera equi­vocado en sus cálculos, el último periodo de la com­binación sería cuando la mezcla cayera a una temperatura de 60 grados Fahrenheit. Pero sucedió que, sin que Cavor lo supiera, la disensión había na­cido entre los hombres encargados de atender al horno. Gibbs, que había estado primero encargado de ello, trató repentinamente de descargarse sobre el hombre que había sido jardinero, alegando que el carbón era materia del suelo, pues de é1 se le extraía, y que por lo tanto, no podía entrar en la jurisdicción de un ensamblador; pero el hombre que había sido jardinero argüía que el carbón era una substancia metálica o de categoría mineral, con la que no tenía que hacer sino en sus funciones de cocinero. Y Spargus insistió en que Gibbs hiciera de foguista, toda vez que era carpintero y el carbón era madera fósil. La consecuencia fue que Gibbs cesó de llenar la hornilla, y nadie lo hizo en lugar suyo, y Cavor estaba demasiado preocupado por ciertos problemas interesantes relativos a una máquina de volar sistema Cavorita (desdeñando la resistencia del aire y un punto o dos más) para notar que algo andaba mal. Y el prematuro nacimiento de su invención ocurrió precisamente cuando atravesaba el terreno que sepa­raba su casa de la mía, para tomar té conmigo y con­versar, como todas las tardes.
Recuerdo el momento con extremada precisión. El agua hervía y todo estaba preparado, y el son de su «zuzuú» me había hecho salir a la terraza. Su
siempre agitado cuerpecito se destacaba negro sobre la otoñal puesta de sol, y a la derecha, las chimeneas de su casa se elevaban sobre un grupo de árboles bañados por los rayos horizontales, dorados y tibios. Más lejos se alzaban los montes de Wealden, vagos y azules, y a la izquierda se extendía la nublada ciéna­ga, espaciosa y serena.


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