Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.16
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Le aseguré que podíamos adquirir suficientes riquezas para poner en práctica cualquier clase de revolución social que imagináramos; que podíamos poseer y mandar al mundo entero. Le hablé de compañía y patentes, y de, las garantías para procedimientos secretos. Todo esto parecía tomarle, tan de sorpresa como sus matemáticas me habían tomado a mí. Una expresión de perplejidad apareció en su carita rubicunda, y de su boca. salió un balbuceo sobre su indiferencia por las riquezas; pero yo puse todo esto a un lado: tenía que ser rico, y sus balbuceos de nada servían. Le di a entender la clase de hombre que era yo, que había tenido tan considerable experiencia en los negocios.
No le dije entonces que pesaba sobre mí una sentencia de quiebra, porque ésta era temporal; pero creo que concilié, mi evidente pobreza con mis pretensiones de conocimiento financiero. Y de la manera más insensible, en la forma en que esa clase de proyectos crecen, surgió entre nosotros un convenio para el monopolio de la Cavorita; él haría la mercancía y yo haría la réclame.
Yo me pegaba como una sanguijuela al «nosotros»: «usted» y «yo» no existían para mí.
Su idea era que las ganancias de que yo lo hablaba las dedicáramos a nuevas investigaciones, pero eso, por supuesto, era asunto que tendríamos que arreglar más tarde.
- ¡Está bien! ¡Está bien! - le gritaba yo.
La cuestión era, y yo insistía en ello, fabricar la cosa.
-Somos dueños de una substancia – continué,siempre a gritos,- de que ninguna casa, ni fabrica, ni fortaleza, ni buque, se atreverá a carecer; una substancia más universalmente aplicable aún, que una medicina patentada! ¡No hay uno solo de sus aspectos, uno de sus mil usos posibles, que no nos haga ricos, Cavor, hasta más allá de los sueños de la avaricia
-¡Cierto! – dijo. – Ya empiezo a ver. Es extrañocomo adquiere uno nuevos puntos de vista al hablar de las cosas.
-¡Y la suerte ha querido que hable usted con elhombre más a propósito para el caso!
- Supongo - dijo,- que nadie es absolutamente adverso a las riquezas enormes. Pero convengamos en que hay un punto obscuro...
Se interrumpió. Yo lo miré atento.
-¡Es también posible, ¿sabe usted? que, después de todo, no seamos capaces de hacerla! Puede ser una de esas cosas teóricamente posibles, pero absurdas en la práctica, o cuando la hagamos puede presentarse algún pequeño obstáculo.
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