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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.13

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» Pero casi todas las substancias son opacas a una forma ú otra de la energía radiante. El vidrio, por ejemplo, es transparente a la luz, pero lo es mucho menos al ca­lor, por lo cual se le emplea como pantalla; y el alumbre es transparente a la luz, pero detiene com­pletamente el calor. Por otro lado, una solución de yodina en carbón bisúlfido, detiene completamente la luz, pero es bastante transparente al calor: ocultará una luz de la vista de usted, pero permitirá que llegue hasta usted todo su calor. Los metales son no sola-mente opacos a la luz y el calor, sino también a la energía eléctrica, la cual pasa tanto a través de la so­lución de yodina como del vidrio, casi como si no los encontrara en su camino. Y así sucesivamente.
Prosigo. Todas las substancias conocidas son «transparentes» a la gravitación. Puede usted em­plear pantallas de varias clases para impedir que lle­gue a un punto la luz, o el calor, o la influencia eléc­trica del sol, o el calor de la tierra; puede usted impedir, con hojas de metal, que los rayos Marconi lleguen a tal o cual cosa, pero nada puede cortar la atracción gravitativa del sol o la atracción gravitativa de la tierra. Pues bien, ¿por qué no ha de haber algo que sirva para eso? Cavor no se explicaba que no existiera tal substancia, y yo, ciertamente, no podía decírselo: nunca hasta entonces había pensado en se­mejante, asunto. Me demostró, mediante cálculos escritos en papel y que lord Kelvin, sin duda, o el profesor Lodge o el profesor Karl Pearson, o cual­quiera de esos grandes hombres de ciencia habría entendido, pero que a mí me reducían sencillamente A una impotencia de gusano, que no sólo era posible la existencia de tal substancia, sino que, además , ésta servía para llenar ciertas condiciones de la vida. Aquello fue una sorprendente serie de razonamien­tos, que entonces me causó mucha admiración y me instruyó mucho, pero que ahora me sería imposible reproducir. «Sí» - decía yo a todo;- «¡sí, continúe us-ted!» Baste para nuestra historia saber que Cavor creía ser capaz de fabricar esa posible substancia opaca a la gravitación, con una complicada liga de metales y algo nuevo - un nuevo elemento, me ima­gino - llamado, según creo, hélium, que le habían en­viado de Londres en tarros de hierro, hermética­mente cerrados. Ha habido dudas sobre este punto, pero yo estoy casi cierto de que era hélium lo que le enviaban en tarros de hierro.


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