Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.11
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Nada le aclara a uno tanto las ideas como, explicarlas. Hasta ahora...
-Mi estimado señor, no diga usted más .
-Pero ¿puede usted, realmente, disponer detiempo ?
-No hay descanso comparable al cambio, deocupación - dije, convencidísimo.
El asunto estaba arreglado. Ya en las gradas de mi terraza se dio vuelta.
-Le soy deudor, caballero, por un gran favor que
me ha hecho - dijo. Yo dejé escapar un sonido interrogador.
-Me ha curado usted de ese ridículo hábito desoplar - explicó. Creo que le contesté que me, alegraba de haberle servido en algo, y se marchó.
El curso de ideas que nuestra conversación había reanudado, debió reasumir inmediatamente su
ordinaria vía, pues los brazos de mi visitante empezaron a agitarse como antes, y la brisa me trajo el débil eco del zuzuú...
¡Qué diantre! Al fin y al cabo, aquel no era asunto mío.
Volvió al día siguiente, y al otro día, y me dio dos conferencias sobre física; con mutua satisfacción. Hablaba con una expresión que denotaba extrema lucidez, de «éter y tubos, de fuerza,» y «gravitación potencial,» y cosas, como esas, y yo sentado en la otra silla de tijera, le decía «Sí», «Adelante,» «Sigo lo que usted me explica,» para hacerle continuar.
El tema era tremendamente difícil, pero no creo que llegara a sospechar hasta que extremo no le entendía. Había momentos en que dudaba de si estaba empleando bien mi tiempo, pero, de todos modos descansaba de mi engorroso drama. De vez en cuando, algo brillaba un momento con claridad ante mi mente, pero sólo para desvanecerse precisamente cuando creía tenerlo seguro. A veces, mi atención decaía totalmente, dejaba de escucharle, y me ponía a contemplarle y a preguntarme si, en resumen, no sería mejor utilizarle como figura central de un buen sainete, y dejar perder todo lo hecho ya del drama. Y luego, al acaso, volvía a entender fragmentos de lo que me decía.
En la primera oportunidad fui a ver su casa. Era espaciosa y en la clase y disposición de los muebles se notaba negligencia; no había más personas para el servicio que sus tres ayudantes, y su alimentación y demás detalles de su vida estaban caracterizados por una filosófica sencillez. Bebía sólo agua, era vegetariano, y en todo aquello estaba sujeto a una disciplina lógica. Pero la vista a sus materiales de trabajo ponía fin a muchas dudas: aquello parecía en verdad un taller y un laboratorio, desde el sótano hasta las bohardillas; era asombroso encontrar un lugar como aquel en una aldea extraviada.
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