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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.10

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Me habló de un taller en que trabajaba, y de tres ayudantes, de diferentes oficios, pero adiestrados por él para sus trabajos. Y todos sabemos que del laboratorio de experimentos a la oficina de patentes no hay más que un paso. Me invitó a ver todas aquellas cosas.
Yo acepté inmediatamente, y tuve el cuidado de subrayar mi aceptación más adelante, con una o dos observaciones. La proposición de traspaso de la casa quedó, muy acertadamente, en suspenso.
Por último, se levantó para retirarse, pidiendo disculpa por lo largo de su visita: hablar sobre sus trabajos era, me dijo, un placer de que gozaba muy pocas veces; no encontraba a menudo un oyente tan inteligente como yo; sus relaciones con hombres profesionales en ciencias eran muy escasas.
- ¡Hay tanta pequeñez! - explicó,- ¡tanta intriga! Y realmente, cuando uno tiene una idea... una idea
nueva, fertilizadora... No deseo ser poco benévolo, pero...
Yo soy hombre que creo en los impulsos. En ese instante hice a mi interlocutor una proposición qui­zás atrevida; pero debe recordarse que hacía catorce días que me hallaba solo en Lympne, escribiendo un drama, y mi pesar por la pérdida que le había hecho sufrir en sus hábitos me mortificaba aún.
- ¿Por qué - le dije,- no se haría usted de esto un nuevo hábito, en reemplazo del que yo le he echado a perder? Por lo menos... hasta que podamos arre­glarnos sobre la casa. Lo que, desea usted es volver y revolver sus planes en la cabeza; lo ha hecho usted siempre durante su paseo de la tarde. Desgraciada­mente, eso se acabó... ahora ya no le es posible a us-ted volver las cosas a su antiguo estado; pero ¿por qué no habría usted de venir, y hablarme de sus tra­bajos, emplearme como una especie de pared contra la cual podría arrojar usted sus ideas para recogerlas otra vez? Es un hecho que yo no sé lo suficiente de los proyectos de usted para robarle su idea... y no tengo relación con ningún hombre de ciencia.
Me detuve : él reflexionaba. Evidentemente, la proposición lo atraía.
-Pero temo que sea demasiada molestia para us-ted, dijo.
-¿Cree usted que no podré comprender?
-¡Oh, no! Pero tecnicismos...
-Sea, como sea, hoy me ha interesado usted in­mensamente.
- Claro está que eso sería para mí una gran ayu­da.


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