Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.9
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-Pero ¿por qué no continua usted sus paseospor acá?
-La cuestión seria ahora diferente. Yo pensaríamás en mi que en otra cosa, pensaría que usted, escribiendo su drama, me miraría irritado, en vez de pensar en mi obra... ¡No! Es necesario que me seda usted su casa.
Yo medité. Naturalmente, necesitaba reflexionar a fondo sobre el asunto antes de adoptar una decisión definitiva. En aquella época por regla general, yo estaba siempre dispuesto para los negocios, y el de vender era uno que me atraía siempre; pero en primer lugar, la casita no era mía y aún en caso de que se la vendiera a un buen precio, tal vez tropezaría con inconvenientes para la entrega de la mercancía si su verdadero propietario olfateaba el negocio; y en segundo lugar, todavía... todavía no me habían
levantado la sentencia de quiebra... El asunto era visiblemente de los que requieren ser manejados con delicadeza. Por otra parte, la posibilidad de que mi visitante anduviera en busca de algún invento valioso, me interesaba. Se me ocurrió que me agradaría conocer algo más de su investigación, no con intenciones aviesas, sino sencillamente porque el saberlo sería un alivio para un dramaturgo atareado. Y eché la sonda.
El hombre se mostró muy dispuesto a informarme, y tanto que la conversación, una vez empezada, se convirtió en un monólogo. Hablaba como quien se sabe las cosas de memoria porque las ha discutido consigo mismo muchas veces. Habló por cerca de una hora, y debo confesar que se me hizo algo pesado el escucharle. Pero, a través de toda la conferencia, aparecía el tonito de la satisfacción que uno siente cuando da a conocer su propia obra. En aquella primera conversación alcancé a vislumbrar muy poco de la substancia de sus trabajos. La mitad de sus palabras eran tecnicismos enteramente extraños para mí, é ilustró uno o dos puntos con lo que se complacía en llamar matemáticas elementales, trazando cifras en un sobre con un lápiztinta, en una forma que hacía difícil hasta aparentar que se le entendía. «Sí» -le decía yo – «¡Sí, continúe usted!» Sin embargo, comprendí lo suficiente para convencerme de que no tenía en mi presencia a un maniático que jugara a los descubrimientos. No obstante su aspecto de loco, había en sus razonamientos una fuerza que desterraba luego esa idea. Fuera lo que fuera, su obra tenía posibilidades mecánicas.
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