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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.7

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.. ahora pienso en

ello... Pero ¿de qué quería usted hablarme? -¡Cómo!... ¡De eso!
-¿De eso?-Sí. ¿Por que hace usted eso? Todas las tardes

viene usted haciendo un ruido... -¿Haciendo un ruido?
-Así.
E imité su soplido.
Me miró, y era evidente que el soplido desper­taba desagrado en él.
-¿Yo hago eso ?- preguntó.
-Todas las tardes de Dios.
-No tenía idea de ello.
Se detuvo de golpe, me miró.
-¿Será posible - dijo,- que, me haya criado una costumbre?
-Pues... así lo parece. ¿No cree usted?
Se tiró hacia abajo el labio inferior, con el dedo pulgar y el índice, y contempló un montón de barro a sus pies.
-Mi mente está muy ocupada -dijo.- ¿Y quiere usted saber por qué? Pues bien, señor, puedo asegu­rarle a usted que no solamente no sé por qué hago esas cosas, sino que ni siquiera sabía que las hiciera. Ahora que pienso, veo que, es cierto lo que usted decía: nunca he pasado de este sitio... ¿Y estas cosas le fastidian a usted? Sin que me diera cuenta del por qué, algo co­menzaba a inclinarme a aquel hombre,.
-Fastidiarme, no - dije:- pero... ¡imagínese que estuviera usted escribiendo un drama!
-No lo podría.
- Bueno: cualquier cosa que exija concentración.
-¡Ah! Por supuesto...
Y siguió meditando. Su cara adquirió una ex­presión de desaliento tan grande, que me sentí aún más inclinado hacia él. Al fin y al cabo, hay algo de agresión en preguntar a un hombre a quien no se conoce, por qué sopla en un camino público.
- Vea usted -dijo:- es un hábito.
-¡Oh! Lo reconozco.
-Tengo que desprenderme de él.
- No lo haga usted si le contraría. De todos mo-dos yo no tenía que hacer... me he tomado una li­bertad demasiado grande.
-De ninguna manera, señor: de, ninguna ma-nera. Debo a usted un gran servicio. Tengo que pre­caverme contra esas cosas. En lo sucesivo lo haré. ¿Puedo molestar a usted... una vez más? ¿Ese rui­do?...
- Una cosa así -le conteste:- Zuzuú, zuzuú. Pero realmente, no sé...
-Quedo muy agradecido. La verdad es que... losé ... estoy volviéndome distraído hasta lo absurdo. Usted tiene, razón, señor, mucha razón. Cierto, le debo a usted un gran favor. Pero eso acabará. Y aho­ra, señor, le he hecho a usted venir mucho más lejos de lo que debería.


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