Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.5
Indice General
|
Volver
Página 5 de 184
Esa vista de la ciénaga era, realmente, una de las más hermosas que yo había tenido ante los ojos. Su-pongo que Dungenessi estaba a quince millas de distancia: aparecía como una balsa en el mar, y más lejos hacia el Oeste se elevaban los montes de Hastings bajo el sol poniente. A veces aparecían cercanos y claros, otras veces, se esfumaban Y parecían bajos, y otras, la niebla los hacía perderse completamente de vista. Y la llanura de arena veíase por todas partes cruzada y cortada por zanjas y canales.
La ventana junto a la cual trabajaba yo, miraba por sobre el horizonte de dicha cresta, y por aquella ventana fue por donde mis ojos distinguieron la primera vez a Cavor. Sucedió esto en un momento en que luchaba con el escenario de mí drama, contrayendo mi mente a tan ímprobo trabajo, y lo más natural era que en tales condiciones un hombre de semejante figura atrajera mi atención.
El sol se había puesto, el cielo estaba límpido, de color verde amarillo, y sobre ese fondo apareció, negra, la singular figura.
Era un hombrecillo de baja estatura, redondo de cuerpo, flaco de piernas, con algo de inquieto en sus movimientos, y se le había ocurrido envolver su extraordinaria inteligencia con una gorra de cricket, un sobretodo, pantalón corto y medías de ciclista. Ignoro por qué lo haría, pues nunca iba en bicicleta ni jugaba cricket; tal concurrencia fortuita de prendas de vestir se había presentado no sé cómo. Gesticulaba y movía las manos y los brazos, sacudía la cabeza y soplaba. Soplaba como algo eléctrico. Nunca ha oído usted soplar así. Y de rato en rato se limpiaba el pecho con un ruido el más extraordinario.
Había llovido ese, día, y su espasmódico andar se acentuaba por lo muy resbaladizo que estaba. el suelo. Exactamente al llegar al punto en que se interponía entre mis ojos y el sol, se detuvo, sacó el reloj, y vaciló. Después, con una especie de movimiento convulsivo, se dio vuelta y se retiró, dando muestras de estar de prisa, sin gesticular, sino a zancadas largas que mostraban el tamaño relativamente grande de sus pies: recuerdo que el barro adherido a su calzado lo aumentaba grotescamente.
Esto ocurrió el primer día, de mi residencia en Lympne, cuando mi energía de dramaturgo estaba en su apogeo, y consideré el incidente sólo como una distracción fastidiosa, como un desperdicio da cinco minutos.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-184
|