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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.5

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Esa vista de la ciénaga era, realmente, una de las más hermosas que yo había tenido ante los ojos. Su-pongo que Dungenessi estaba a quince millas de distancia: aparecía como una balsa en el mar, y más lejos hacia el Oeste se elevaban los montes de Has­tings bajo el sol poniente. A veces aparecían cerca­nos y claros, otras veces, se esfumaban Y parecían bajos, y otras, la niebla los hacía perderse completa­mente de vista. Y la llanura de arena veíase por todas partes cruzada y cortada por zanjas y canales.
La ventana junto a la cual trabajaba yo, miraba por sobre el horizonte de dicha cresta, y por aquella ventana fue por donde mis ojos distinguieron la primera vez a Cavor. Sucedió esto en un momento en que luchaba con el escenario de mí drama, con­trayendo mi mente a tan ímprobo trabajo, y lo más natural era que en tales condiciones un hombre de semejante figura atrajera mi atención.
El sol se había puesto, el cielo estaba límpido, de color verde amarillo, y sobre ese fondo apareció, ne­gra, la singular figura.
Era un hombrecillo de baja estatura, redondo de cuerpo, flaco de piernas, con algo de inquieto en sus movimientos, y se le había ocurrido envolver su ex­traordinaria inteligencia con una gorra de cricket, un sobretodo, pantalón corto y medías de ciclista. Igno­ro por qué lo haría, pues nunca iba en bicicleta ni jugaba cricket; tal concurrencia fortuita de prendas de vestir se había presentado no sé cómo. Gesticula­ba y movía las manos y los brazos, sacudía la cabeza y soplaba. Soplaba como algo eléctrico. Nunca ha oí­do usted soplar así. Y de rato en rato se limpiaba el pecho con un ruido el más extraordinario.
Había llovido ese, día, y su espasmódico andar se acentuaba por lo muy resbaladizo que estaba. el suelo. Exactamente al llegar al punto en que se inter­ponía entre mis ojos y el sol, se detuvo, sacó el reloj, y vaciló. Después, con una especie de movimiento convulsivo, se dio vuelta y se retiró, dando muestras de estar de prisa, sin gesticular, sino a zancadas lar­gas que mostraban el tamaño relativamente grande de sus pies: recuerdo que el barro adherido a su cal­zado lo aumentaba grotescamente.
Esto ocurrió el primer día, de mi residencia en Lympne, cuando mi energía de dramaturgo estaba en su apogeo, y consideré el incidente sólo como una distracción fastidiosa, como un desperdicio da cinco minutos.


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