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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.4

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Consideré como una fortuna el conseguir aquella casita. La alquilé con trato de conservarla tres años si quería; la proveí de unos pocos muebles, y al mismo tiempo que escribía, era mi propio cocinero. Mi ma­nera de ejercer este ministerio habría arrancado se­veros reproches a un cordon bleu profesional: tenía una cafetera, una cacerola, para huevos, otra para patatas y una sartén para salchichas y tocino. Con estos utensilios fabricaba la base de mi sustento. Pa­ra lo demás, contaba con un barril de dieciocho ga­lones siempre lleno de cerveza, y con los servicios de un puntual panadero que me visitaba todos los días. Aquello no era, quizás, darse las comodidades de Sybaris, pero peores días he pasado en mi vida.
Lympne es, ciertamente, el lugar apropiado para quien desee la soledad. Está en la parte cenagosa de Kent, y mi casita se alzaba en la cumbre de un mon­tículo que en otros tiempos había sido un peñasco rodeado por las aguas: desde ella se veía el mar, por sobre los pantanos de Romney. Cuando llueve mu­cho, el lugar es casi inaccesible, y he oído decir que el cartero tenía a veces que, hacer largos trechos de su camino con el agua a los tobillos. Yo no le vi nunca hacerlo, pero me imagino perfectamente su figura.
Los pocos cottages y casas que forman la aldea tienen delante de las puertas una especie de felpudo de mimbres, para que la persona que llegue de fuera se limpie el calzado, lo que da una idea de la calidad del suelo en ese distrito. Dudo de que hubiera allí la menor traza de población, si el lugar no fuera un re­cuerdo ya borroso de cosas muertas para siempre. Aquel fue el gran puerto de Inglaterra en la época de los romanos. Portus Lemanus; y ahora el mar está a cuatro millas de distancia. Al pie de la empinada colina hay una cantidad de pedruscos y trozos de albañilería romana y de ese punto arranca la vieja calle Watling, como una flecha hacia el Norte. Yo solía pararme en la cumbre y pensar en todo aquello: galeras y legiones, cautivos y oficiales, mujeres y mercaderes, especuladores como yo, todo el hor­migueo y tumulto que entraba y salía incesantemente de la bahía. Y ahora, apenas algunos trozos de pie­dra en una costa cubierta de césped, uno o dos car­neros... ¡y yo! Y donde había estado el puerto, quedaban los terrenos pantanosos, que se extendían en una ancha curva hasta el distante Dungeness, in­terrumpidos aquí y allá por grupos de árboles y por las torres de las iglesias de las viejas poblaciones medioevales que siguen a Lemanus por el camino de la extinción.


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