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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.3

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Lo mismo podía haberle sucedido a cualquier otro. Caí en esas cosas en un momento en que me consideraba libre de la más leve posibilidad de perturbaciones en mi vida. Había ido a Lympne porque me lo había figurado como el lugar del mun­do en que sucedieran menos acontecimientos.
«¡Aquí, de todos modos - me decía, - encontraré tranquilidad y podré trabajar en calma».
Y de allí ha salido este libro, tan diametral es la diferencia entre el destino y los pequeños planes de los hombres.
Me parece que debo hacer mención, en estas lí­neas, de la suerte extremadamente mala que acababa de tener en algunos negocios. Rodeado como estoy ahora de todas las comodidades que da la fortuna, hay cierto lujo en esta confesión que hago de mi po­breza de entonces. Puedo hasta confesar que, en de­terminada proporción, mis desastres eran atribuibles a mis propios actos. Tal vez haya asuntos para los cuales tenga yo alguna capacidad, pero la dirección de operaciones mercantiles no figura entre ellos. En aquella época era aún joven: hoy lo soy todavía en años, pero las cosas que me han sucedido han deste­rrado de mi mente algo de la juventud: si en su re­emplazo han dejado o no un poco de sabiduría, es cuestión más dudosa.
Casi no es necesario entrar en detalles sobre las especulaciones que me desterraron a Lympne, lugar del condado de Kent. Hoy en día, aun en los, nego­cios, hay una fuerte. dosis de aventura. Me arriesgué, y como esas cosas terminan invariablemente por una buena cantidad de dar y tomar, a mí me tocó por úl­timo el tener que dar... bastante contra, mi voluntad. Aun después de haberme despojado de todo, un atrabiliario acreedor se esmeró en mostrárseme ad­verso; por último llegué a la conclusión de que no me, quedaba otro recurso que escribir un drama, a no ser que me decidiera a vegetar penosamente con lo que ganara en algún miserable empleo. Se que na­da de lo que el hombre pueda hacer, fuera de los ne­gocios legítimos, encierra tantas promesas como las piezas de teatro; tan lo creía así, que desde tiempo atrás me acostumbré a considerar ese drama no es­crito, como substancial reserva para los días tor­mentosos. Y la tormenta había llegado.
Pronto descubrí que el escribir un drama era un asunto más largo que lo que me figuraba (al princi­pio había calculado hacerlo en diez días), y para bus-car un pied-á-terre en qué elaborarlo, fui a Lympne.


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