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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.45

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Sin embargo, fui tan estúpido que no comprendí la lección de ese temor, y, pese
a la angustia de Weena, me obstiné en acostarme apartado de aquellas multitudes
adormecidas.

Esto le inquietó a ella mucho, pero al final su extraño afecto por mí triunfó, y
durante las cinco noches de nuestro conocimiento, incluyendo la última de todas,
durmió ella con la cabeza recostada sobre mi brazo. Pero mi relato se me escapa
mientras les hablo a ustedes de ella. La noche anterior a su salvación debía
despertarme al amanecer. Había estado inquieto, soñando muy desagradablemente
que me ahogaba, y que unas anémonas de mar me palpaban la cara con Sus blandos
apéndices. Me desperté sobresaltado, con la extraña sensación de que un animal
gris acababa de huir de la habitación. Intenté dormirme de nuevo, pero me sentía
desasosegado y a disgusto. Era esa hora incierta y gris en que las cosas acaban
de surgir de las tinieblas, cuando todo el incoloro y se recorta con fuerza, aun
pareciendo irreal. Me levanté, fui al gran vestíbulo y llegué así hasta las
losas de Piedra delante del palacio. Tenía intención, haciendo virtud de la
necesidad, de contemplar la salida del sol.

La luna se ponía, y su luz moribunda y las primeras Palideces del alba se
mezclaban en una semiclaridad fantasmal. Los arbustos eran de un negro tinta, la
tierra de un gris oscuro, el cielo descolorido y triste. Y sobre la colina creía
ver unos espectros. En tres ocasiones distintas, mientras escudriñaba la ladera,
vi unas figuras blancas. Por dos veces me pareció divisar una criatura
solitaria, blanca, con el aspecto de un mono, subiendo más bien rápidamente Por
la colina, y una vez cerca de las ruinas vi tres de aquellas figuras arrastrando
un cuerpo oscuro. Se movían velozmente. Y no pude ver qué fue de ellas.
Parecieron desvanecerse entre los arbustos. El alba era todavía incierta, como
ustedes comprenderán. Y tenía yo esa sensación helada, confusa, del despuntar
del alba que ustedes conocen tal vez. Dudaba de mis ojos.

Cuando el cielo se tornó brillante al este, y la luz del sol subió y esparció


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