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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.44

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apropiado. Este fue el comienzo de una extraña amistad que duró una semana, ¡y
que terminó como les diré!

Era ella exactamente parecida a una niña. Quería estar siempre conmigo.
Intentaba seguirme por todas partes, y en mi viaje siguiente sentí el corazón
oprimido, teniendo que dejarla, al final, exhausta y llamándome
quejumbrosamente, Pues érame preciso conocer a fondo los problemas de aquel
mundo. No había llegado, me dije a mí mismo, al futuro para mantener un flirteo
en miniatura. Sin embargo, su angustia cuando la dejé era muy grande, sus
reproches al separarnos eran a veces frenéticos, y creo plenamente que sentí
tanta inquietud como consuelo con su afecto. Sin embargo, significaba ella, de
todos modos, un gran alivio para mí. Creí que era un simple cariño infantil el
que la hacía apegarse a mí. Hasta que fue demasiado tarde, no supe claramente
qué pena le había infligido al abandonarla. Hasta entonces no supe tampoco
claramente lo que era ella para mí. Pues, por estar simplemente en apariencia
enamorada de mí, por su manera fútil de mostrar que yo le preocupaba, aquella
humana muñequita pronto dio a mi regreso a las proximidades de la Esfinge Blanca
casi el sentimiento de la vuelta al hogar; y acechaba la aparición de su
delicada figurita, blanca y oro, no bien llegaba yo a la colina.

Por ella supe también que el temor no había desaparecido aún de la tierra.
Mostrábase ella bastante intrépida durante el día y tenía una extraña confianza
en mi; pues una vez, en un momento estúpido, le hice muecas amenazadoras y, ella
se echó a reír simplemente. Pero le amedrentaban la oscuridad, las sombras, las
cosas negras. Las tinieblas eran para ella.la única cosa aterradora. Era una
emoción singularmente viva, y esto me hizo meditar y observarla. Descubrí,
entonces, entre otras cosas, que aquellos seres se congregaban dentro de las
grandes casas, al anochecer, y dormían en grupos. Entrar donde ellos estaban sin
una luz les llenaba de una inquietud tumultuosa. Nunca encontré a nadie de
puertas afuera, o durmiendo solo de puertas adentro, después de ponerse el sol.


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