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La Máquina del tiempo (Herbert George Wells) - pág.39

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Entonces fui a buscar una
gruesa piedra al río, y volví a martillar con ella 1os paneles hasta que hube
aplastado una espiral de los adornos, y cayó el verdín en laminillas
polvorientas. La delicada gentecilla debió de oírme golpear en violentas
arremetidas hasta una milla, pero no se acercó. Vi una multitud de ellos por las
laderas, mirándome furtivamente. Al final, sofocado y rendido, me senté para
vigilar aquel sitio. Pero estaba demasiado inquieto para vigilar largo rato. soy
demasiado occidental para una larga vigilancia. Puedo trabajar durante años
enteros en un problema, pero aguardar inactivo durante veinticuatro horas es
otra cuestión.

Después de un rato me levanté, y empecé a caminar a la ventura entre la maleza,
hacia la colina otra vez. «Paciencia -me dije-; si quieres recuperar tu máquina
debes dejar sola a la esfinge. Si piensan quitártela, de poco sirve destrozar
sus paneles de bronce, y si no piensan hacerlo, te la devolverán tan pronto como
se la pidas. Velar entre todas esas cosas desconocidas ante un rompecabezas como
éste es desesperante. Representa una línea de conducta que lleva a la demencia.
Enfréntate con este mundo. Aprende sus usos, obsérvale, abstente de hacer
conjeturas demasiado precipitadas en cuanto a sus intenciones; al final
encontrarás la pista de todo esto.» Entonces, me di cuenta de repente de lo
cómico de la situación: el recuerdo de los años que había gastado en estudios y
trabajos para adentrarme en el tiempo futuro y, ahora, una ardiente ansiedad por
salir de él. Me había creado la más complicada y desesperante trampa que haya
podido inventar nunca un hombre. Aunque era a mi propia costa, no pude
remediarlo. Me reí a carcajadas.

Cuando cruzaba el enorme palacio, parecióme que aquellas gentecillas me
esquivaban. Podían ser figuraciones mías, o algo relacionado con mis golpes en
las puertas de bronce. Estaba, sin embargo, casi seguro de que me rehuían. Pese
a lo cual tuve buen cuidado de mostrar que no me importaba, y de, abstenerme de
perseguirles, y en el transcurso de uno o dos días las cosas volvieron a su


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